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Editorial junio/2016 - Sin mujeres no hay iglesia

Editoriales 2016
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¿Se han fijado en que en la actualidad no hay prácticamente comentarios publicados sobre el celibato de los presbíteros?

Nota de la redacción: En memoria de nuestra presbítera que fue la Rvda. Susana Woodcok, en la presencia de nuestro Señor.

Por GABRIEL JARABA  -   Ni a favor ni en contra; este asunto preocupó enormemente en el mundo católico romano a partir del Concilio Vaticano II y se extendió ampliamente por la opinión pública, incluso la más indiferente hacia el hecho religioso. Entonces llegó a nacer un grupo muy activo, llamado Moceop, Movimiento por el celibato opcional, que produjo bastantes dolores de cabeza a su jerarquía,  y las cuestiones sobre curas casados o con relaciones femeninas incluso fueron motivo de conversaciones de barra de bar. Ahora se emite por televisión un reality show sobre posibles vocaciones religiosas de unas muchachas cuya audiencia ha resultado ser digamos raquítica.

En la España tradicionalmente católica, reacia a las corrientes de la Reforma, que reprimió a veces con violencia y en distintos momentos históricos,  donde la religión tomó la forma de movimiento político institucionalizado –el nacionalcatolicismo, que aún pervive y subsiste enquistado en formaciones políticas organizadas y en aparatos de estado— y donde el espacio social ha visto y sigue viendo la presencia de las formas más anticuadas del pensamiento reaccionario de los siglos XIX y XX, que alcanzan al fascismo y el nazismo, es imprescindible tener un ojo puesto en los ámbitos sociales, culturales, políticos y religiosos influenciados por el catolicismo romano. Más aún cuando las posiciones e intenciones del obispo de Roma tratan de hallar una vía de salida al cul-de-sac al que su iglesia fue conducida por el invierno eclesial propiciado por Karol Wojtyla y el inmovilismo subsiguiente auspiciado por Joseph Ratzinger. Ello no es necesario únicamente para cualquier observador  movido por un interés sociológico, político o cultural –no digamos ya religioso—sino para las demás iglesias cristianas e incluso confesiones religiosas en general.

No creo que quienes nos reclamamos de la Reforma debamos evitar volver la mirada hacia los predios católicorromanos, por mor de una necesaria actitud de no ingerencia en los asuntos de otros o de una indeseable tentación de pozar en ellos en pro de nosotros mismos. Por las razones expuestas en el párrafo anterior, es inevitable que nuestra mirada se tope con esas realidades mencionadas. Y esas realidades se dan en un país en el que, una vez levantada la tapadera nacionalcatólica que ahogaba las libertades, lo que ha aparecido es un desierto moral poblado de buena gente llena de buena voluntad que ha encontrado en el indiferentismo religioso el modo de escapar a viejas e indeseadas obligaciones sociales pero al mismo tiempo la manera de hacer su vida sin mayores complicaciones reflexivas que las de lo que algunos llaman la “prepolítica”, es decir, la indignación por lo que se considera injusticia, el deseo de un igualitarismo a ultranza y la alabanza de una libertad sin límites que, oh maravilla, los encuentra en el momento en que afecta a los intereses personales.

La religión, y no digamos la iglesia –o las iglesias, si se prefiere—importa un bledo a la amplia mayoría de españoles de hoy, salvo sectores comprometidos o implicados en actividades confesionales o grupos de personas que siguen buscando en la  moral religiosa una guía ética posible o un factor de prevención y profilaxis social deseable. Y eso ha sucedido gracias a la ferviente aportación del nacionalcatolicismo ejerciente, esforzado en imbricarse en los aparatos de estado y las legislaciones, al mismo tiempo que ha tomado la decisión –alentada por el invierno eclesial wojtyliano—de mantener cerradas a cal y canto las iglesias de las ciudades, no fuera que se convirtieran en espacios de meditación, silencio y confortamiento personal para las gentes del común.

De modo que la posibilidad de que los curas se casen o dejen de hacerlo es un asunto tan irrelevante para el personal como que las mujeres puedan acceder al presbiterado. Y en esa actitud cabe situar la noticia de que el obispo de Roma piensa estudiar junto con una comisión de expertos la opción posible de ordenar diaconisas. A los ciudadanos de nuestro país estas cuestiones le parecen visitas desde el otro extremo del túnel del tiempo, meras discordancias momentáneas en el contexto de lo que realmente importa, que es el áspero menú del pan para hoy y el hambre para mañana. Por supuesto, a todos les cabe ignorar que las iglesias reformadas, no sólo en el ámbito internacional sino en la propia España, ordenan no sólo diaconisas sino pastoras, y en numerosos países, obispas, no sólo anglicanas sino luteranas. Faltaría más.

Pero los fieles cristianos no podemos dejar de sentirnos interpelados por la inquietud existente al respecto más allá del Tíber.  Porque ello nos concierne tanto a los reformados como a los romanos. Y tal interpelación es tan grave como esto: sin mujeres no hay iglesia. El Cuerpo de Cristo no puede dejar fuera de sí mismo a la mitad de la humanidad entera. Se aducirá que las mujeres forman parte de la iglesia e incluso de modo privilegiado, a lo que deberá responderse que obras son amores y que ser miembro de un grupo humano en plenitud de ejercicio implica la posibilidad de elegir y ser elegido para las tareas de su dirección y gestión, y a todos los niveles. Otros responderán entonces que la iglesia no es una democracia, ante lo que quienes hemos vivido casi la mitad de nuestra vida bajo una dictadura esbozaremos una leve sonrisa con el benevolente deseo de que apuren hasta las heces las delicias de desempeñar sus existencias en entornos que no se desean democráticos ni permiten la libertad de expresión, acción y elección. La mayor parte de ellos apuntarán a graves cuestiones de carácter teológico que supuestamente impedirían que las mujeres no puedan celebrar la Santa Cena, con lo que algunos irresponsables jocosos, como quien esto escribe, podrán argumentar que, de seguir por ese camino, los sacerdotes solamente pueden ser hombres, ciertamente, pero además judíos; el papa, pescador de profesión, y los apóstoles, analfabetos, si es que el nivel de argumentación teológico es el que se propone de este modo.

Sin mujeres no hay iglesia. No solamente necesitamos la presencia femenina a todos los niveles de la vida eclesial sino que es imprescindible y urgente su ejercicio a todos los niveles de gestión de la misma. Por un imperativo de la justicia que halla su fundamento más sólido en la verdad evangélica pero también por un elemental sentido de la cortesía convivencial, si se desea. Pero sobre todo porque, a estas alturas del siglo XXI, ya somos todos conscientes del enorme potencial de liderazgo e inspiración que las mujeres aportan a cualquier campo de actividad. No solamente tenemos ante nosotros figuras destacadas de la ciencia, el empresariado, la cultura o el gobierno sino la labor de base de miles de ciudadanas de sexo femenino sin cuya realización nuestras sociedades serían no sólo ingobernables sino sencillamente bárbaras. El ejercicio de la presidencia de la Iglesia Episcopal de los Estados Unidos que llevó a cabo la Muy Reverenda Katherine Jefferts Schori debería bastar como ejemplo de lo que ese liderazgo puede suponer en una iglesia y como evidencia para desvelar la impostura intelectual, social y teológica que representan las reservas ante la ordenación de las mujeres a todos los niveles y especialmente a la sucesión apostólica. Pero es que en nuestras propias filas nacionales conservamos el sólido y fructífero testimonio –y el emocionado recuerdo—de la reverenda Susana Woodcock, pionera en el presbiterado español anglicano y maestra espiritual luminosa más allá de toda delimitación denominacional.

Sin mujeres no hay iglesia, así de sencillo. No decimos que sin mujeres la jerarquía eclesial está incompleta, cosa muy cierta, sino que sin ellas una iglesia no puede ser considerada tal. ¿Cómo vamos a tener la menor credibilidad a la hora de proclamar la verdad del Evangelio ante todas las gentes si cuando lo hacemos al mismo tiempo denotamos una reserva en admitir a la mitad de la humanidad en ella y a erigirse en agentes de esa proclamación de pleno derecho y a todos los niveles de su ejercicio? Reflexiónese sobre lo que sucede cuando se cuela un mosquito y se deja pasar un camello y lo que viene a continuación después de haberlo hecho. No es cuestión de feminismo sino de hipocresía.