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Mié, Mar
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La Cena del Señor, Sacramento de la unidad

Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga
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“Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí”

Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga  -  Nos encontramos inmersos en ese tan especial período del año cuando, en sociedades como la española más tradicional, se celebran las llamadas “comuniones”, todo un hito en la vida religiosa de los niños y sus familias, consistente en la recepción, por vez primera, del así designado Sacramento del Altar o Eucaristía[1], lo que en medios protestantes y evangélicos recibe el nombre de Santa Cena o, más ajustado al texto neotestamentario, Cena del Señor. Sin entrar a valorar todo el entramado cultural y festivo de que viene revestida en nuestros días esta celebración infantil[2], sí nos proponemos, en cambio, reflexionar brevemente acerca del valor de este inigualable Sacramento directamente establecido por Jesús[3], y que hoy, por desgracia, sigue siendo un motivo de controversia y desunión entre los cristianos[4], pese a su propósito original.

Sobre su institución, como bien saben los amables lectores, disponemos de las tres claras descripciones contenidas en la tradición sinóptica (Mt. 26:17-29; Mc. 14:12-25;  Lc. 22:7-23)[5], pero sobre todo de la que los exegetas y especialistas en estudios bíblicos consideran la más antigua, la primera conservada en el Nuevo Testamento, que leemos en 1 Co. 11:23-26, y que, dado su enorme valor testimonial, citamos a continuación para fundamentar sobre su texto nuestras conclusiones[6]:

Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.

Esta breve relación, que contiene, sin duda, las ipsissima verba Domini[7] en lo referente al Sacramento, viene enmarcada, a todas luces, en el razonamiento del apóstol San Pablo acerca de una situación muy concreta vivida por aquella primitiva comunidad corintia. El hecho de que el Apóstol introduzca su breve narración de la institución del Sacramento como algo que había recibido (yo recibí[8], v. 23), e indicando a su vez que se trata de lo mismo que ha transmitido (he enseñado[9], íd.), nos permite reconocer, ya de entrada,

el valor de la tradición primitiva como garante de la importancia de la Cena del Señor para la comunidad cristiana. En efecto, las formas verbales que hemos destacado del v. 23 constituyen, en su forma griega original, todo un vocabulario técnico alusivo a una esmerada y cuidadosa transmisión, casi puntillosa, de lo dicho por Jesús. Nuestro Señor hizo y dijo realmente muchas cosas a lo largo de su ministerio, especialmente en relación con los acontecimientos pascuales, algunas de las cuales se han conservado en los Evangelios, pero otras no. Y algunas de ellas han hallado cabida en Evangelios concretos, aunque no en todos, con lo que forman parte del estilo y la teología particulares de cada autor[10]. Pero el hecho de que la institución del Sacramento de la Cena del Señor esté presente en toda la tradición sinóptica, de forma indirecta en la johánica, y aparezca claramente en una epístola paulina anterior a la redacción de los primeros Evangelios, nos habla de algo concebido por las comunidades cristianas primitivas como de vital importancia. La historia posterior de la Iglesia ha evidenciado hasta qué punto el Sacramento de la Cena del Señor ha marcado para siempre la identidad cristiana, desde los testimonios de la antigüedad en los que se alude al pan común o al ágape que comían los cristianos en sus reuniones[11], hasta las disputas posteriores acerca de su significado o la interpretación de las palabras dichas por Jesús. Carece, por tanto, de sentido cualquier alusión, no solo ya a una pretendida “adaptación” cristiana de las comidas sacramentales practicadas por los llamados cultos mistéricos[12], sino también a la supuesta “invención” del Sacramento por parte de la institución eclesial. Y se nos antoja trágico el hecho de que en muchas denominaciones actuales su significado, y por ende su práctica, se hayan desvirtuado tanto que casi parezca algo prescindible, cuando no un ritual heredado a la fuerza con el que haya que cumplir por penosa obligación[13].

Por otro lado, las palabras conservadas del Señor nos permiten entender los emblemas del pan y la copa como representaciones plásticas de su presencia real en medio de su pueblo congregado. No es nuestra intención, ni mucho menos, recordar ni avivar polémicas en torno a la doctrina de la presencia de Cristo en los elementos[14]. Quede tal tipo de discusiones para quienes, por formación o interés, deseen tratarlas a fondo y con la autoridad debida. Lo que sí creemos, y en nuestra opinión constituye algo que nos une a todos los cristianos, es que el Señor está realmente presente en el hecho de que sus discípulos se congreguen y recuerden los términos que él empleó y los gestos que él realizó en la noche que fue entregado (v. 23). Así, las palabras tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido (v. 24); y esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, etc. (v. 25), convertidas en fórmulas bien concretas por la tradición cristiana primitiva, junto con los emblemas materiales, actualizan la realidad de esa presencia. Ello, que únicamente es accesible por medio de la fe dada a los creyentes[15], crea un vínculo permanente de los fieles para con el Señor Resucitado en tanto que realidad personal activa en el momento presente de la celebración y en la vida de los discípulos. La noticia transmitida por Lc. 24:35, donde leemos cómo le habían reconocido al partir el pan, viene así a corroborar esta estrecha ligazón entre los emblemas del Sacramento y la persona del propio Señor. El creyente, pues, está llamado a buscar y a cultivar esta íntima relación con el Redentor, que no puede ser sustituida por ninguna otra práctica piadosa (lectura de las Escrituras, meditación, oración privada o pública), pues conlleva su propia dinámica y su propio significado, lejos de todo tipo de misticismo mal entendido[16].   

En tercer lugar, el Sacramento conlleva una importante dimensión escatológica. Desde los estudios publicados en su momento por Albert Schweitzer[17], que dieron origen a la más tarde llamada Escatología consecuente[18], se ha entendido la vida y el ministerio de Jesús dentro de las corrientes apocalípticas judías que esperaban en su momento (el siglo I) la irrupción del éskhaton, el fin de la historia humana, con la implantación definitiva del Reino de Dios en este mundo[19]. Pese a los numerosos detractores que suscitó desde sus comienzos, esta forma de pensar se encuentra estrechamente enraizada en el propio Nuevo Testamento en su conjunto, no solo en los Evangelios Sinópticos o en el Apocalipsis de San Juan. De hecho, nadie niega hoy la enorme importancia de la predicación del Reino en el ministerio de Jesús[20], así como su íntima convicción personal de que en sí mismo ese Reino se hacía realidad entre los hombres de su tiempo (Lc. 17:20-21). El propio San Pablo, en el texto de 1 Co. 11:26 pone el broche de oro a su cita de la tradición sobre la Cena del Señor al afirmar de forma lapidaria:

Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.

La participación en el Sacramento, por tanto, no implica únicamente comunión con el Señor en el tiempo presente en que vivimos, sino que, en tanto que recordatorio de su muerte, anticipa el éskhaton. Pero no se trata de etapas cronológicas sucesivas que tendrían su propia parcela dentro de la Cena del Señor; vislumbramos, más bien, una realidad que las abarca todas a la vez y las condensa en la persona del Señor muerto y resucitado. Cuando el fiel discípulo, por medio de la fe, toma los emblemas materiales del Cuerpo y la Sangre de Cristo, entra en una dimensión escatológica en la que la presencia del Señor hace ya realidad la Parusía, esa Segunda Venida que inaugura el éskhaton y lleva a su clímax el Reino que está activo entre los hombres.

Todo ello incide, finalmente, en la innegable dimensión comunitaria y social del Sacramento. La propia redacción del texto paulino, así como las palabras de Cristo conservadas y transmitidas por la tradición, apuntan a ello al aparecer siempre en plural (tomad, comed, haced, anunciáis, etc.). Igualmente hacen las noticias referidas por Hch. 2:44-46, donde el partimiento del pan —término técnico para designar el Sacramento— aparece vinculado a una comunidad de discípulos, solidaria con las necesidades de los menos favorecidos, al mismo tiempo que activa en la piedad y el testimonio de Cristo. El Nuevo Testamento ignora por completo al creyente aislado, que vive su fe solo, en una guerra heroica perpetua contra todo y contra todos, completamente desgajado de la Iglesia o ignorante de su existencia. De ahí que no se contemple ni una sola vez la práctica del Sacramento de la Cena del Señor como cuestión estrictamente privada de una persona en exclusiva. Tiene su lógica: un Sacramento que actualiza la presencia de Cristo entre su pueblo reunido, al mismo tiempo que hace presente el éskhaton, por fuerza ha de impulsar a los creyentes a la participación conjunta y a la creación de vínculos solidarios extensibles al resto de los seres humanos. De ahí que su celebración haya de ser cuando menos semanal, como recomendaban los propios Reformadores, por no decir diaria, al estilo de la primera comunidad hierosolimitana, siempre que ello sea posible[21]. Y, desde luego, ha de entenderse como una poderosa arma de evangelización, pues el espíritu que debe de dominar la participación de los emblemas del Cuerpo y la Sangre de nuestro Señor forzosamente impregnará la conciencia de los fieles de los conceptos de “comunidad” y de “servicio al prójimo”. Frente a la práctica de la llamada “comunión cerrada” de algunas denominaciones, la Iglesia de Cristo ha de ser, en este sentido, de “comunión abierta”. No actuar así implicaría una negación de su propia esencia.

Roguemos al Señor Resucitado, siempre presente en el pan y en el vino, siempre activo en medio de su pueblo, que sus discípulos podamos un día participar todos juntos de los emblemas sagrados, superadas discrepancias teológicas o denominacionales, para hacer realidad el Reino de Dios en un mundo que lo necesita imperiosamente.  



[1] Término griego que, en realidad, significa simplemente “acción de gracias”.

[2] Hemos escuchado y leído en diversas ocasiones severas críticas emitidas por religiosos contra el aparato puramente social y festero que hoy ha coloreado estas “comuniones”, acusando a padres, catequistas y hasta a los propios sacerdotes de la derivación cuasi-folclórica de una celebración tan sagrada. No incidiremos, pues, en ello.

[3] Los escritos neotestamentarios no conservan declaración alguna de nuestro Señor en el sentido de una clara institución del otro Sacramento cristiano, el bautismo, excepto el hecho de que Jesús fuera él mismo bautizado por Juan el Bautista, según la tradición sinóptica (Mt. 3:13-17; Mc. 1:9-11; Lc. 3:21-22), y la, por lo general así interpretada, alusión conservada en la tradición johánica (Jn. 3:5).

[4] Resulta por demás lastimoso comprobar cada año cómo, en ciertas celebraciones ecuménicas, cuando la liturgia indica el momento de la Cena del Señor, los diáconos cubren respetuosamente el cáliz (o la copa) a ojos de toda la congregación reunida, como símbolo plástico de que todavía hoy no existe un acuerdo común entre el conjunto de los discípulos de Cristo acerca de este Sacramento, por lo cual la comunión es imposible.

[5] La tradición johánica no contiene ningún relato de la institución de la Cena del Señor en sí, salvo la alusión a la traición de Judas, que se inscribe en el marco de una comida (Jn. 13:21-30), y sobre todo el tradicionalmente llamado Discurso Eucarístico (Jn. 6:25-59), aunque no todos los exegetas han estado siempre de acuerdo en este punto.

[6] De la constatación de su inigualable importancia da fe el hecho de que la Synopsis Quattuor Evangeliorum de Kurt Aland la cita in extenso inmediatamente después de los relatos paralelos de la tradición sinóptica y las alusiones johánicas, juntamente con la Didajé 9:1-5, el llamado Evangelio de los Ebionitas y otras citas patrísticas (p. 437). Algunas otras sinopsis de los Evangelios más sencillas colocan el texto paulino en una columna junto con los relatos sinópticos, como la Armonía de los cuatro Evangelios de A. T. Robertson (CBP, pp. 162-163), de lo cual se deduce el alto valor testimonial que le otorgan.    

[7] Las mismísimas palabras del Señor, expresión técnica empleada por la exégesis neotestamentaria para indicar vocablos o frases realmente pronunciados por Jesús en su idioma arameo natal. Por extensión, se aplica también a sentencias que, aunque recogidas únicamente en griego, como es nuestro caso concreto, debieron originarse directamente en él; es decir, que no son producto de la redacción de los evangelistas o de los autores neotestamentarios, ni, por supuesto, “construcciones originadas en las comunidades primitivas”.

[8] Gr. parélabon.

[9] Gr. parédoka.

[10] Nos referimos, lógicamente, a los cuatro Evangelios canónicos que leemos en el Nuevo Testamento. No tenemos en cuenta, por tanto, las aportaciones que ofrecen algunos evangelios apócrifos al relato de la institución del Sacramento, por considerarlas muy posteriores y, sin duda, derivadas de lo que la tradición sinóptica, johánica o 1 Corintios nos han conservado.

[11] Cf. el conocido texto de la carta XCVII de Plinio el Joven a Trajano, en la que se lee:

“Han declarado que todo su error o su falta ha consistido en reunirse algunos días fijos antes de la salida del sol para cantar en comunidad los himnos en honor a Cristo que ellos reverencian como a un Dios. Ellos se unen por un sacramento (sacramentum es, en latín, juramento) y no por acción criminal alguna, sino que al contrario para no cometer fraudes, adulterios, para no faltar jamás a su palabra. Luego de esta primera ceremonia ellos se separan y se vuelven a unir para un ágape en común, el cual, verdaderamente, nada tiene de malo”.

[12] Así los exponentes de la germánica Religionsgeschichtliche Schule o Escuela de la Historia de las Religiones a principios del siglo pasado.

[13] Así entre algunos grupos y sectas del evangelicalismo norteamericano. Ya a comienzos del siglo XIX notaron algunos teólogos y eclesiásticos protestantes alemanes cómo el entonces incipiente movimiento evangélico, al mismo tiempo que se distanciaba de las iglesias históricas de la Reforma, tendía a un rechazo de los Sacramentos entendidos como tales por los Reformadores. El tiempo ha venido a confirmar los temores de aquellos pensadores germánicos.

[14] Especialmente, los conceptos de transubstanciación y consubstanciación que aparecen en los manuales de teología sistemática.

[15] En el punto XXVIII de la Declaración de Doctrina de la Iglesia Española Reformada Episcopal se lee:

“El Cuerpo de Cristo se da, se toma y se come en la Cena de un modo celestial y espiritual solamente; y el medio por el cual el Cuerpo de Cristo se recibe y come en la Cena, es la fe”.

Asimismo, el punto siguiente (XXIX) precisa:

“Los impíos y los que se hallan destituidos de fe viva, aunque compriman carnal y visiblemente con sus dientes (como dice San Agustín) el Sacramento del Cuerpo y Sangre de Cristo, con todo no son en manera alguna participantes de Cristo”.

[16] Recuérdese lo apuntado en la nota inmediata anterior en relación con la importancia de la fe en la asimilación del Sacramento.

[17] El más importante en este sentido, Geschichte der Leben Iesu Forschung, que ve la luz en 1906. Ediciones elalpha.com lo ha publicado en castellano el año 2000 con el título Investigación sobre el Jesús histórico. Cf. nuestro libro La interpretación del Nuevo Testamento a lo largo de la Era Cristiana, publicado en 2014, pp. 188-195.

[18] Véase la obra de Oscar Cullmann Le salut dans l’histoire, de 1966, p. 24 en la edición de Delachaux et Niestlé. Existe una traducción al castellano.

[19] Cf. la obra de N. T. Wright El desafío de Jesús, publicado en nuestro idioma por Desclée de Brouwer en 2003.

[20] Cf. Mt. 13.

[21] Pese a la práctica generalizada de muchas de nuestras propias congregaciones.