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Mié, Mar
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Figura extraña, mensaje hermoso

Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga
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Nm. 22-24 constituye, según los especialistas, una unidad literaria completa e independiente dentro del contexto general del así llamado Cuarto Libro de Moisés.

Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga  - Contiene un curioso relato ajeno a la línea de la narración de las tradiciones referentes a la peregrinación de Israel por el desierto, y además viene planteado desde el punto de vista de gentes no israelitas. Ello ha motivado que en ciertos círculos exegéticos se lo haya considerado una interpolación posterior, un añadido tardío a la historia original. Pero nadie se altere: no pretendemos adentrarnos, ni mucho menos, en el delicado terreno de las discusiones acerca de la composición de las Sagradas Escrituras. Quede tan ardua (y en realidad, apasionante) tarea para los grandes eruditos. Lo que resulta innegable es que los capítulos 22-24 del libro de los Números constituyen en sí mismos una pequeña obra maestra del pensamiento y la teología veterotestamentarios, de tal modo que en ellos se encuentra condensada de manera magistral la enseñanza más destacada de todo el Hexateuco[1]. Se hallan en estos capítulos largos párrafos de narrativa en prosa, incluso con rasgos evidentemente folclóricos (la celebérrima historia del asna que habló, Nm. 22:28-33), juntamente con una poesía de exquisita calidad, los cuatro oráculos registrados en Nm. 23:7-10; 23:18-24; 24:3-9; 24:15-24, respectivamente, en los cuales se marca el tono del conjunto. Todo ello nos sugiere, cómo no, una esmerada composición efectuada por, sin duda, un(os) gran(des) artista(s), verdadero(s) maestro(s) de la palabra, lo que nos hace pensar de inmediato en los círculos levíticos y sacerdotales, donde con más celo se debían conservar las tradiciones sacras de Israel en relación con la liberación de Egipto y los acontecimientos del éxodo, hasta la conquista de la Tierra Prometida, e incluso otras que podrían complementar a aquellas[2].

Pero donde buscamos centrar la atención del amable lector es en la figura humana más destacada de todo este relato[3], la de Balaam hijo de Beor[4], al que las tradiciones posteriores llamarán profeta (2 P. 2:15-16), mientras que Nm. 22-24 y otros pasajes veterotestamentarios designan simplemente como qosem, “adivino”, un término de connotaciones más bien peyorativas en la lengua hebrea antigua (Jos. 13:22). Personaje pintoresco donde los haya, Balaam da su nombre a estos capítulos del libro de los Números, de manera que entre los estudiosos se los conoce por lo general como Historia de Balaam o mejor aún, Ciclo de Balaam[5]. Ahora bien, ¿quién es el tal Balaam? ¿Cómo se presenta en estos capítulos? La respuesta es: alguien que afirma en sus oráculos tener acceso a los arcanos divinos más profundos.

Dijo Balaam hijo de Beor,

Dijo el varón de ojos abiertos;

Dijo el que oyó los dichos de

Jehová,

Y el que sabe la ciencia del

Altísimo,

El que vio la visión del

Omnipotente;

Caído[6], pero abiertos los ojos.

(Nm. 24:15-16)

El lector actual de las Escrituras puede muy bien contemplarlo como una figura no exenta de rasgos simpáticos, muy humana en realidad (cf. su lucha interna entre la posibilidad de responder a los enviados del rey Balac y su concepción del deber de obediencia a Dios, narrada con detalles en Nm. 22) y verdaderamente profética. El relato de Nm. 22-24 no nos deja un mal sabor de boca en relación con el personaje de Balaam, que en todo momento parece comportarse como alguien especialmente fiel a Dios (Nm. 22:8[7]), y aún añadiremos, como alguien a quien Dios habla, rasgo este de la mayor trascendencia (Nm. 22:9-12,20). Serán más bien textos como Nm. 31:8,16; Dt. 23:4; Jos. 24:9; Neh. 13:2, ajenos al relato original del Ciclo de Balaam, los responsables de su mala prensa, pues buscan resaltar su maldad y su imagen más negativa, como fruto evidente de una tradición judía especialmente denigratoria contra este personaje[8].

Pero Balaam no es una figura exclusivamente bíblica. La documentación que poseemos nos permite ver en él los rasgos típicos de un baru[9] mesopotámico de cierto renombre en las culturas orientales de la época[10], una figura legendaria que la narración veterotestamentaria ubica dentro del marco de un reino de Moab aterrorizado ante la presencia de los israelitas en sus fronteras (Nm. 22:1-4). Ello pone en manos de los hagiógrafos un instrumento de primera para vehicular la idea que desean destacar, la dirección providencial de los acontecimientos históricos a favor de Israel. Las doce tribus no pueden ser maldecidas, ni siquiera por un adivino tan poderoso como Balaam, sencillamente porque Dios no lo permite:

¿Por qué maldeciré yo al que

Dios no maldijo?

¿Y por qué he de execrar al que

Jehová no ha execrado?

Porque de la cumbre de las peñas

lo veré,

Y desde los collados lo miraré;

He aquí un pueblo que habitará

confiado[11],

Y no será contado entre las

naciones.

(Nm. 23:8-9)

 

Porque contra Jacob no hay

agüero,

Ni adivinación contra Israel.

(Nm. 23:23)

Sorprenden sobremanera declaraciones como estas, puestas en boca de Balaam, cuando el lector de Números está habituado a encontrarse en el sagrado texto con rebeliones y manifestaciones permanentes de ingratitud por parte de Israel para con su Dios: recuérdense, sin ir más lejos, las declaraciones negativas de los espías enviados por Moisés a la tierra de Canaán, que motivaron la dilatada peregrinación del pueblo por el desierto durante cuarenta años (Nm. 13-14) o la sublevación de Coré, Datán y Abiram con sus trágicas consecuencias de pérdida de vidas humanas (Nm. 16), por no mencionar sino las más conocidas hasta los capítulos 22-24. De hecho, el conjunto del Ciclo de Balaam viene a incidir en una glorificación de Israel, pueblo destinado al dominio de la tierra prometida y catalizador de las bendiciones divinas. Las palabras pronunciadas por el hijo de Beor no plantean dificultades de comprensión:

Dios lo sacó de Egipto;

Tiene fuerzas como de búfalo.

Devorará a las naciones

enemigas,

Desmenuzará sus huesos,

Y las traspasará con sus saetas.

Se encorvará para echarse como

león,

Y como leona; ¿quién lo

despertará?

Benditos los que te bendijeren,

Y malditos los que te

maldijeren.

(Nm. 24:8-9)

 

El broche de oro de los oráculos de Balaam se halla en su última intervención ante un monarca moabita atónito, que escucha lo que nunca hubiera querido oír:

Lo veré, mas no ahora;

Lo miraré, mas no de cerca:

Saldrá Estrella de Jacob,

Y se levantará cetro de Israel,

Y herirá las sienes de Moab,

Y destruirá a todos los hijos de

Set.

(Nm. 24:17)

 

Aunque, como afirma la mayoría de los comentaristas actuales, los hagiógrafos que dieron al oráculo y al relato su forma definitiva debían tener in mente la figura de David, el gran rey ungido y especialmente bendecido por Jehová, o quizás la de su hijo Salomón, benefactor de las promesas divinas relacionadas con su dinastía (2 S. 7; Sal. 2), no carece de importancia la tradición, también antigua, que ha visto en la aparición de esa Estrella de Jacob una clara alusión al Mesías (cf. la importancia de la estrella que guía a los magos de Oriente en el relato de Mt. 2:1-12). De esta manera, Balaam habría anticipado, sin pretenderlo, la culminación de una Historia de la Salvación de la que no debía ser demasiado consciente.

Llegados ya al momento de concluir, no nos plantea problema alguno el reconocer que el llamado Ciclo de Balaam (Nm. 22-24) forma parte, sin duda, de un vasto programa educativo originado en los círculos sacerdotales de la Judea de la restauración (siglos VI – V a. C.), cuya finalidad era infundir esperanza a un pueblo que lo había perdido todo y que necesitaba volverse hacia su historia nacional, entendida como historia sacra, a fin de hallar en ella una razón de ser, un motivo para seguir existiendo en medio de pueblos paganos y hostiles, al mismo tiempo que un claro proyecto de futuro. La historia de Balaam viene a evidenciar que Dios, en su gran misericordia para con su pueblo (y para con todo el género humano), no está limitado en lo que concierne a los instrumentos que ha de emplear. Lo mismo puede utilizar a un extraño adivino mesopotámico que cree firmemente en él[12] y en cuyos labios pone oráculos inspirados, que al asna que le sirve de montura, si es preciso. El Dios de Israel, al contrario de lo que sucede con las divinidades de otros pueblos, no se halla circunscrito a una tierra o un lugar concretos; su vinculación con los descendientes de Jacob no es tal que le impida ejercer su poder en otras naciones, en otras gentes, pues finalmente su mensaje tiene un alcance universal[13]. Los oráculos puestos así en boca de Balaam como mensajes destinados al rey Balac de Moab, cumplen con la finalidad de instruir a los judíos recién llegados de Babilonia, orientándolos hacia un futuro glorioso para su nación, un futuro de esperanza.

Por otro lado, nos negamos de lleno a entrar en la discusión bizantina de si Balaam hijo de Beor fue realmente un profeta de Dios al mismo nivel que Miqueas, Jeremías, Oseas, Ezequiel o Elías, pongamos por caso, o si en verdad no lo fue, y debe ser catalogado juntamente con los adivinos paganos del Medio Oriente antiguo. Renunciamos a entrar en el terreno de la especulación y la teología-ficción, según las cuales lo habría sido en cierto momento de su vida, pero luego habría renunciado a ello, etc[14]. Saque el amable lector sus propias conclusiones, si el tema le interesa, pero muéstrese prudente y sobremanera cauto en ello, pues grandes siervos de Dios del pasado y del presente no se han puesto de acuerdo sobre este asunto. Lo único que deseamos indicar es que el Balaam de Nm. 22-24 se nos presenta con todos los colores y debilidades propias de un ser humano, con sus intereses personales y sus prejuicios, pero también con su temor de Dios, su conciencia de la realidad de ese Dios al que designa con los nombres de Jehová (Nm. 23:8), Altísimo y Omnipotente (Nm. 24:16). Balaam es alguien que pasa a la Historia de la Salvación como un instrumento pasivo de Dios, y que, pese a haber sido contratado para maldecir, se convierte ¿a su pesar? en canal de bendición. Sin olvidar ni minimizar las indicaciones posteriores acerca de su empeño contra Israel o su influencia en el trágico asunto de Baal-peor (Nm. 31:8,16), no dejamos por ello de reconocer que la conservación de sus oráculos en las Sagradas Escrituras ha sido providencial, pues siguen hoy constituyendo una fuente de inspiración y de exaltación de esa inefable Gracia salvífica de Dios que un día se plasmaría de una vez por todas en la persona del Mesías.  

 



[1] Conjunto literario formado por el Pentateuco (Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio) más el libro de Josué, en el cual se contienen las promesas emitidas por Dios a los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob acerca de la posesión de la tierra de Canaán (Gn. 15:18-21; 26:2-4; 28:13), así como la constatación definitiva de su cumplimiento (Jos. 21:43-45). La clave promesa – cumplimiento es, en opinión de algunos teólogos y exegetas, como Gerhard von Rad y sus epígonos, el concepto que justifica la existencia del Hexateuco como una unidad de sentido dentro del Antiguo Testamento. Véase a este efecto el vol. I de la magistral Teología del Antiguo Testamento de Von Rad, publicada en nuestro idioma por Ediciones Sígueme.

[2] Para la opinión tradicional que hace de Moisés el autor de todos estos escritos, véase el gran clásico evangélico Pache, R. L’inspiration et l’autorité de la Bible. Saint-Légier (Suisse): Éditions Emmaüs, 1967, pp. 147ss.

[3] Hacemos bien en señalar el protagonismo humano, teniendo en cuenta que los escritos de la Biblia, ya sean del Antiguo o del Nuevo Testamento, siempre tienen como protagonista indiscutible y figura principal al propio Dios. No es porque sí que algunos especialistas han definido los libros bíblicos como una relación de lo que han dado en llamar gesta Dei, “acción divina”, o también mirabilia Dei, “hechos portentoso de Dios”. De ahí que la historia bíblica se considere una Historia de la Salvación o Heilsgeschichte, por su nombre técnico, no una historia sin más como las historias de los distintos pueblos.

[4] El hecho de que el texto bíblico conserve la filiación de Balaam, incide en la importancia que se le concede como figura destacada de la narración. Recuérdese el valor que tiene la conservación de las filiaciones en el mundo semítico antiguo y moderno.

[5] Ver los distintos comentarios críticos al libro de los Números o al conjunto de la Biblia. Tenemos delante de nuestros ojos el clásico Comentario Bíblico San Jerónimo, de Ediciones Cristiandad, vol. I.

[6] Heb. nophel. Pese a lo afirmado por ciertas corrientes fundamentalistas, que han pretendido ver en este término una especie de autoconfesión del propio Balaam sobre su condición de falso profeta (“caído” sería equivalente de “apartado de Dios”, o incluso de “condenado”), lo cierto es que se refiere al hecho de que el poder divino lo arroja literalmente por tierra al enviarle sus mensajes. Queda, pues, anonadado ante la majestad del Omnipotente, como le sucede a cualquier profeta. Calvino ve en estas palabras de Balaam una evidencia de que se trataba de un auténtico profeta de Dios (cf. Keil, C. F. & Delitzsch, F. Commentary on the Old Testament, Vol. I. Peabody, Massachusetts: Hendrickson Publishers, p. 779). La traducción judía del Pentateuco conocida como El Tanaj comenatado. México: Ed. Jerusalén, 2004, vierte en este pasaje concreto el participio nophel como se postra y explica la curiosidad de que, al ser Balaam un falso profeta, recibe el oráculo divino echado por tierra, no en pie, como según las tradiciones judías recibían los verdaderos profetas la palabra de Yahweh (?).

[7] Cf. especialmente en el mismo capítulo los vv. 18:

Y Balaam respondió y dijo a los siervos de Balac: Aunque Balac me diese su casa llena de plata y oro, no puedo traspasar la palabra de Jehová mi Dios para hacer cosa chica ni grande.

Y 38:

Balaam respondió a Balac: He aquí yo he venido a ti; mas ¿podré ahora hablar alguna cosa? La palabra que Dios pusiere en mi boca, esa hablaré,

en los que Balaam se expresa como un hombre realmente piadoso, aunque no fuera israelita.

[8] Véase Murcia, T. Jésus dans le Talmud et la littérature rabbinique ancienne. Turnhout (Belgique): Éd. Brepols, 2014, pp. 397-669.

[9] Término acadio que significa “adivino”.

[10] Así se constata en ciertos relatos arameos de los siglos VIII y VII a. C. Cf. Lemaire, A. “Les inscriptions de Deir 'Alla et la littérature araméenne Antique”, in Comptes rendus des séances de l'Académie des Inscriptions et Belles-Lettres, vol. 129, no 2,‎ 1985.

[11] O, solo. (Nota de RVR60)

[12] Recordemos que las Escrituras del Antiguo Testamento suelen prodigar ejemplos de no israelitas fieles al Dios de Israel: Melquisedec rey de Salem (Gn. 14:18-20), el patriarca Job, Rut la moabita, Naamán el sirio (2 R. 5), etc.

[13] La producción literaria judía de esta época de la restauración, como bien han señalado algunos estudiosos, se hace eco de la gran tensión existente entre la facción más radical y xenófoba, partidaria a ultranza de una pureza racial, entendida también como religiosa, e impuesta a la fuerza (Esd. 10; Neh. 13:23-31), y la más universalista, o como se ha llegado a decir, la más evangélica, representada en libros como el de Rut, Jonás o incluso el llamado Trito-Isaías (Is. 56-66).

[14] Cf. Jud. 11, que parece hacerse eco de una tradición judía según la cual Balaam acabó dejando de lado su carisma profético por avaricia.