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Mié, Nov
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Anglicanismo: entre la libertad y la tradición

Rvdo. Juan Larios Antequera
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”Nos ocurre antes de nacer. En nuestros cuerpos, que empiezan a cobrar forma, aparece algo parecido a las branquias y también una especie de rabo”

Rvdo. Juan Larios Antequera  -  Poco duran esos apéndices, que asoman y caen.

Esas efímeras apariciones, ¿nos cuentan que alguna vez fuimos peces y alguna vez fuimos monos? ¿Peces lanzados a la conquista de la tierra seca? ¿Monos que abandonaron la selva o fueron por ella abandonados?

Y el miedo que sentimos en la infancia, miedo de todo, miedo de nada, ¿nos cuenta que alguna vez tuvimos miedo de ser comidos? El terror y la oscuridad y la angustia de la soledad, ¿nos recuerdan aquel antiguo desamparo?

Ya mayorcitos, los miedosos metemos miedo. El cazado se ha hecho cazador, el bocado es boca. Los monstruos que ayer nos acosaban son hoy, nuestros prisioneros. Habitan nuestros zoológicos y decoran nuestras banderas y nuestros himnos.”  (Eduardo Galeano. Espejos. Una historia casi universal).

Dicen los antropólogos que el ser humano es el ser que más y mejor se adapta a la Naturaleza, y, además, es capaz de adaptarla y cambiarla en función de sus necesidades. El ser humano es creador; creador de cultura, ese complejo holístico en el que envuelve toda su existencia, es decir, sus conocimientos, pensamientos, su moral, su derecho, sus costumbres y creencias, etc. Se supone que la finalidad o el fin de la cultura es construirlo y perfeccionarlo.

Así, desde los primeros estadios de su existencia, el hombre ha ido buscando el desarrollo de su ser y su existir en medio de dramáticas y a veces trágicas situaciones recorriendo un sinfín de fatigados caminos. Ha buscado y busca incansablemente descubrirse, conocerse, encontrarse, construirse, abrirse y hasta trascenderse, aun inconscientemente, en otras realidades que intuye y necesita, pero que no conoce clara y plenamente, y para lo cual crea y busca símbolos, analogías y expresiones concretas; aunque creo que el hombre, como tal, es ya y entre otras realidades más, precisamente, un símbolo, incluso una analogía.

Pero tristemente, y por regla general, las tradiciones que tejen las formas de hacer en cada cultura, atándonos al pasado, aunque sea con la intención de guiarnos, y de manera especial aquellas que atañen a lo moral y a lo religioso, se vuelven contra él; lo que supone, en el peor de los casos, reducción, alienación y castración de la necesidad dinámica de saber-se  y realizar-se;  aprisionándolo y convirtiéndolo en un solitario quebranto, esclavo de su propia creación. Y aquí tenemos el muchas veces irremediable choque entre tradición y cultura. Mientras la segunda entiende y acepta la necesidad de transformación y diálogo con la sociedad, con más o menos acierto, para que esta crezca y se desarrolle en todos los sentidos, la primera se niega a poner en tela de juicio su intemporalidad, alzándose así como realidad necesaria, eterna y, por tanto, imprescindible; comprendiéndose y diciéndose como algo que está por encima de todo cambio y doblegando y sometiendo irremisiblemente a la propia persona.

Esto, que es el origen del fanatismo, integrismo y fundamentalismo en cualquiera de sus expresiones, no solamente es ya una autentica injusticia, sino que además es fuente de innumerables sufrimientos y dramas humanos que, en muchos casos, terminan en grandes tragedias, especialmente entre los grupos más desfavorecidos y minoritarios.

Desde mi punto de vista, como cristiano y como anglicano, me atrevo a decir que lo que estamos viviendo en estos días, es, precisamente, la sumisión de la razón, el sentido común, incluso la fe, a la tradición. Una tradición que, por muy eclesial que sea, y por muy fundamentada que esté en los antiguos textos bíblicos, no deja de ser eso, tradición, y ésta no puede estar por encima de la dignidad de las personas; esto va contra el espíritu de la fe evangélica.

Una vez más, en pleno siglo XXI, en este nuestro mundo supuestamente civilizado y desarrollado, tradición y cultura se enfrentan causando la exclusión de aquellos y aquellas que se han atrevido a discutir la temporalidad de la primera.

Según reza el Artículo I de la Declaración Universal de Derechos Humanos, “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Pues no; al parecer muchos no están dispuestos a aceptar esto, siendo así que para éstos muchos no todas las personas son igualmente dignas y tienen los mismos derechos debido a que la propia tradición así lo afirma. Pero hay que decir firmemente, que desde este punto de vista, los hombres y mujeres de Dios, ni en la fe judía ni en la fe cristiana, han sido jamás esclavos del inmovilismo de las tradiciones. Todo lo contrario. De otra manera, jamás se hubieran escrito los extraordinarios textos referentes a la creación. Jamás hubiera llegado el pueblo de Israel al conocimiento de la inutilidad y barbarie de los sacrificios humanos. Jamás el pueblo hubiese sabido que Dios no habita en templos hechos por manos de hombres, sino que habita en medio de su gente, en lo profundo de sus corazones, entre los mínimos, los excluidos, los ignorados, los nadie. Jamás hubiese tenido sentido la muerte de un galileo que decía que Dios era amor incondicional y que es ese amor lo único que lo hace presente.

El proyecto de Dios, tal y como yo lo siento, no limita el descubrimiento, la  apertura, la iniciativa y creatividad individual, sino que, por el contrario, las anima e impulsa cuando están al servicio de la dignidad y construcción de la persona. El miedo, la exclusión y el castigo no hacen sino causar rupturas, violencia y destrucción. Esto es totalmente incompatible con la fe cristiana, y no puede venir de Dios aquello que se posiciona contra lo humano.

El hombre quiere vivir sin miedo y en libertad. En el fondo quiere ser ese “viviente” que despertó a la Vida en el amor de un día lleno de luz y esperanza haciéndose consciente de estar erguido y no tener ya cola ni branquias; consciente de su propia realidad, maravillosamente diversa y plural; de su especificidad, de su otredad y de la del otro, de su eternidad.

Tomando la idea de un escritor al que admiro:

“En el principio creo Dios los cielos y la tierra.

La tierra estaba desordenada y vacía

Y las tinieblas cubrían la faz del abismo,

Y el Espíritu de Dios se cernía sobre la superficie de las aguas.

Y dijo Dios: sea la luz…”

Y aun, envueltos en la oscuridad del deseo, seguimos caminando y construyendo.