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Mié, Nov
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El día que me fui de casa

Rvdo. Luis Alberto Rodríguez
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Llaman al teléfono…, es una llamada de Argentina, veamos si puedo responder a tiempo, es que me cuesta moverme con esta herida en el vientre pero creo que lo consigo… Hola! Papá qué alegría!, ¿Cómo estás Luis?

Rvdo. Luis Alberto Rodríguez  -   Yo casi no puedo responder un poco por la emoción y otro porque tengo aún un tubo que sale de mi nariz y me incomoda hablar, ha pasado un día de la operación y me voy reponiendo de a poco, mi esposa está en casa y vendrá en un rato más… Le cuento sobre mi estado y él me dice: “Bueno, tranquilo va a salir todo bien, nosotros estamos rezando mucho y hay que confiar en Dios”… nos emocionamos, él llora desde Argentina y yo lloro desde mi pequeña habitación en el San Felipe Neri en Roma, ambos, padre e hijo bañados en lágrimas. Su voz firme me da seguridad, y su emoción me permite tocar su corazón.

Hace ya mucho que me he ido de casa, a mis 23 años para entrar al seminario, me fui buscando a Dios, sentía que era el momento de sumergirme en el misterio Divino pero sólo, ya no podía seguir en casa porque había pasado el tiempo de estar en el nido de mamá, papá y mis tres hermanos. Ya en el seminario la vida me fue regalando delicias espirituales que nunca había experimentado, pero la casa paterno-materna siempre tiraba, una vez por mes iba a almorzar con mi familia, ciertamente que a veces me daban ganas de volverme, pero siempre pesaba más el realizar mi vocación.

Creo que de eso se trata en la Biblia cuando Dios llama a Abraham y tantos otros, generalmente les dice: “Vete a otra tierra, donde yo te envío”, parece que se crece saliendo, conquistando otras “tierras”, arriesgando, comprometiéndose. No hay otra: “crecer duele” y eso es salir de casa, afrontar el dolor para vivir más, para dar más vida. Así parece le pasó a Jesús de Nazareth, una vida entregada a anunciar el amor que dio más vida “saliendo” de su nidito materno. Unos años más tarde tuve que “salir” nuevamente de “otra casa” para realizar la “vocación conyugal”, son siempre llamadas profundas.

“Salir de casa” también es enfrentar la incertidumbre de lo que vendrá, es todo oscuro hasta que no se lo experimenta, pero sabiendo que Dios es quien ha puesto esta dinámica en la vida misma, el corazón se calma y se puede seguir confiado.

El Dios que encontré “fuera de casa” era el mismo que estaba dentro de ella, pero fue diferente, yo no era el mismo y creo que de eso se trata, de discernir cuál es el “mejor lugar” para vivir la presencia de Dios “en este momento”, no solo para vivirla yo, sino para comunicarla, la vida es un continuo recibir y dar. En efecto en mi vida de cónyuge el “dar y recibir” se hizo más intenso en cierto sentido.

¡Chicos vengan que les cuento un cuento!..., Ah! Papá nos llama a la cama para contarnos un cuento de esos que dan miedo, pero a mí me gusta porque estamos con él, es invierno y hemos terminado de almorzar, es sábado y papá no va al negocio por la tarde, tenemos tiempo para escuchar un lindo “cuento de lobos” y hacer una siestita juntos, a un lado estoy yo y del otro mi hermano mayor…, qué bien se está aquí, mamá en la cocina por hacernos algún dulce para la tarde y nosotros en nuestro pequeño mundo de cuentos… La vida fue pasando y aún me hablan estás escenas maravillosas de la infancia, me dan vida, alegría y sobre todo agradecimiento por tanto camino recorrido dentro y fuera de casa…, el día que me fui de casa aún lo recuerdo con gusto agridulce, fue salir buscando a Dios, y fue dejar para crecer… ¡Papá todo irá bien, lo sé, todos estamos rezando para mi curación, Dios no hace oídos sordo, me lo enseñaron tu y mamá…, no llores más!