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La sed

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“De la boda de tu hijo se hablará durante siglos, y no por saciar la sed de los invitados con agua y naranjas”

CINTA R. GUIL……Abril 2016  -  Las vasijas, en la mesa manchada, bocas abiertas que gritan, no pueden apagar el sonido de los panderos y el retumbar  de  los roces de los pies desnudos  que bailan sin parar, detrás de los tapices.

La cara roja de Isaías parece a punto de estallar, salpicada de gotas de sudor que se deslizan desde la frente hacia las mejillas y las cejas.

-Lo dije, se lo dije a todos.  A mi mujer, a mi hijo. Y no digamos  de como se lo repetí a mi consuegro. Pero claro, nadie me ha hecho caso.

-No te lo tomes así, hombre-, y los ojos de Acab miran con preocupación a las manos del hombre que tiene a su lado,  y que tiemblan sobre sus rodillas.

-¿Has mirado bien en la cuadra?-continúa.-¿Has mirado bien?

-Pero…como no voy a mirar bien-dice el otro, intentando bajar la voz y mirando a su alrededor,  con miedo a que alguien oiga sus palabras, al mismo tiempo que se limpia el sudor con la mano derecha-¿Te acuerdas, Acab, como lo calculamos? Una gran fiesta, con todos los vecinos, con los parientes que venían del Norte. Quién iba a decirnos que todo esto acabaría en desastre.

Acab se revuelve, incómodo en su asiento. Uno de los cojines, cae al suelo. El calor sobrevuela el espacio, como una neblina viscosa, colgada de los últimos rayos del sol que entra por una de las rendijas de la tienda.

-Si ya están todos medio borrachos. ¿Y si les pones agua con naranja, y les dice que para qué se refresquen, después de tanta danza?.

-Sí, ¿y qué sería luego de mi fama? Menuda chanza , dirían que me aproveché de ellos, para ahorrarme dinero.

-Mira, voy a buscar  alguien que nos eche una mano.

Acab intenta incorporarse, pero Isaías lo agarra del manto.

-Dime, dime a quién.

-Samuel.

-¿Samuel?. Pero si ese casó a su hija el mes pasado. Se ha gastado hasta el último denario, y vendió toda su cosecha por adelantado. No digas sandeces, Acab.

-Es difícil contigo encontrar una salida cuando te pones así. Y Acab se levanta con decisión, escapando de las manos de Isaías, dándole un pequeño empujón.

-Tu déjame a mí- le dice, ya desde el tapiz que levanta a continuación.

Camina unos pasos y se detiene, inclinándose hacia una mujer tocada con el velo de las mujeres casadas y de mediana edad.

Cuando de nuevo, levanta el tapiz y mira la cara de Isaías, su sonrisa  refresca todo el espacio de la tienda.

-Isaías, he hablado con María, la madre del carpintero joven,  ese danzarín incansable. Y te aviso, amigo. De la boda de tu hijo se hablará durante siglos, y no por saciar la sed de los invitados con agua y naranjas.