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El logos jubiloso

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El logos jubiloso.

Por Darren Lorente-Bull (Londres, verano 2017)

Como católico-romano natural de y residente en Londres es difícil en ocasiones no sentirse un poco a contracorriente siendo el Reino Unido un país anglicano. Cierto es que durante muchos años poco me importaron tanto el catolicismo como el anglicanismo pero con el tiempo y tras haber explorado otras tradiciones religiosas esa fobia a las religiones abrahámicas tan propia de nuestra época finalmente quedó erosionada y poco a poco fui re-encontrándome con esa figura tan fascinante que es Cristo. Me crie en España donde fui educado en un colegio católico y experimenté un catolicismo tolerante e ilustrado en manos de las monjas que me daban clase, unas monjas que si duda habían sido influidas en mayor o menor medida por el Concilio II del Vaticano de 1962. Pero después me tropecé con Nietzsche, con Freud, Camus, Sartre y compañía y me autoproclamé ateo y así viví durante un par de décadas aunque fue durante ese periodo que leí las Confesiones de San Agustín.

Veinte años después, rondando la cuarentena, volví a la fe pero esta vez en Inglaterra donde a pesar de que el catolicismo puede también mostrar su faceta más dogmatica me encontré con la maravillosa Comunidad Mundial para la Meditación Cristiana fundada por el monje benedictino John Main y dirigida y gestionada en la actualidad por su sucesor el también monje Benedictino y Padre Laurence Freeman. Descubrí en este reencuentro el hesicasmo de los ortodoxos y las fantásticas palabras de los Padres y Madres del desierto…Leí al Monje benedictino Anselm Grung y a Hans Kung y a ese increíble cura español Pablo D’Ors, volví a la oración y descubrí la importancia del silencio y de la contemplación. Me di cuenta que ser era más importante a veces que hacer y que escuchar con atención era un acto de generosidad.

Queremos a Dios en la medida que queremos a los demás, un dictamen increíblemente duro de seguir pero esencial para todo cristiano y que debe ser por lo menos intentado. Pero hallé otras dificultades en mi regreso a la Iglesia. Debemos querer a Dios con el corazón pero es imposible suspender completamente el uso de la razón y de la ética. Hay cosas en mi Iglesia que encuentro irreconciliables con el mundo real, con la vida que transcurre en nuestras calles y ciudades. Creo firmemente que Dios creó a los homosexuales y miembros del colectivo LGTB y creo que es atroz la postura que algunas iglesias cristianas y religiones adoptan al respecto, creo que hay veces en las que el divorcio o la separación son esenciales, creo que la mujer debe estar en total igualdad con el hombre, creo que prohibir de manera canónica el uso del preservativo ha difundido el SIDA en África…creo que Cristo dedica la mayor parte de sus enseñanzas a proteger a los pobres y amar a los pecadores. Creo que además dedicó también Su tiempo a luchar contra la opresión y materialismo del establishment religioso de su día. Cuán difícil es equilibrar estos puntos —y otros que no quiero mencionar —con la doctrina eclesiástica. No es sorprendente que muchas veces la disparidad entre ambas es tal que uno acaba sin saber muy bien que pensar.

Todo esto que os cuento es para hablaros de mi experiencia este verano cuando acudí a al servicio anglicano de la Iglesia de Saint James en Piccadilly, queridos lectores de estas líneas digitales.

Yo ya había ido a algún servicio anglicano en Londres con anterioridad en concreto a Saint Matthews a una manzana de la Abadía de Westminster y un ejemplo de parroquia ‘high anglican’ y tardé un poco en darme cuenta de que estaba en un servicio anglicano y no uno católico pues las similitudes eran tales que a mis ojos, poco versados en el conocimiento litúrgico tras años de filosofía posmodernista, me pareció estar en una iglesia católica.

Pero Saint James es diferente. Muy diferente. Para empezar esta hermosa iglesia de ladrillo rojo con ornamento de piedra caliza Portland situada en el corazón de Londres y a unas yardas de la famosa librería Waterstones en Piccadilly es un ejemplo de ‘low anglican church’. Construida en 1672 por el famoso arquitecto Christopher Wren, la iglesia fue consagrada en 1684 y fue aquí donde uno de mis poetas favoritos, el grabador y artista William Blake fue bautizado en 1757 —de hecho Blake nació a casi tiro de piedra de esta iglesia, en el actual Soho Londinense—. Por si fuera poco el famoso mercado de Piccadilly está situado en el patio de la Iglesia siendo una atracción en sí mismo con sus ferias gastronómicas, de artesanía y antigüedades.

Fue este verano pasado que atendí con mi amigo anglicano de Bilbao, Javier, a un servicio dominical a Saint James. Y lo que vi me dejo una fuerte impresión: el aspecto colaborativo del servicio en el que toda la congregación cantamos himnos juntos, la visible y genuina felicidad en las caras de los presentes, el hecho de que la congregación estaba representada por miembros variopintos de la humanidad…jóvenes, ancianos, blancos, negros, asiáticos. Los miembros del colectivo LGTB también estaban representados. Dos clérigos estaban oficiando: un hombre y una mujer. La homilía que trataba sobre el compromiso entre salvaguardar la tradición sin dejar de mirar hacia el futuro fue presentada con brillantez intelectual a la vez que de manera calurosa y accesible. La eucaristía que incluyo las ofrendas del pan y el vino fue dada con la congregación entera rodeando el altar. Este era el Cristo del júbilo, de la Buena Nueva, del Amor y del perdón. Aquí no se encuentra el Dios del fuego y azufre sino el Dios del amor y de la misericordia. Un Dios incluyente que ama a todas sus creaciones por igual. Este ambiente jubiloso estaba reforzado por la arquitectura y el diseño del edificio con sus tres gallerías y ventanales que permiten que el espacio se inunde de luz y ensalza la madera del precioso retablo creado por Gringling Gibbons. La emoción estaba tan generalizada que mi amigo, un vasco de los pies a la cabeza y curtido en la sobriedad del norte peninsular saco un pañuelo y se deshizo en lágrimas. Debo reconocer que yo también me emocioné. Era imposible no hacerlo.

Regresé una semana después con mi esposa, que es budista y no está muy versada en cuestiones de denominación cristiana pero que sin embargo quedó impresionada con el servicio de Saint James. Y lo que más impresionó a mi mujer fueron la genuina felicidad y júbilo que se notaba entre los presentes.

Peter Owen-Jones, bautizado como ‘el vicario más valiente de Inglaterra’ tras concluir una serie de TV para la BBC en la que visitaba y participaba de 80 religiones diferentes a lo largo y ancho del mundo dijo que la Iglesia anglicana a pesar de sus defectos era una comunidad espiritual maleable y flexible y tengo que decir que estoy totalmente de acuerdo. No existe una sola institución humana perfecta pero la Iglesia anglicana, que yo he descubierto, es la única que no esconde la cabeza en la arena y se enfrenta a las cuestiones difíciles, consagradas a veces por inercias de más de dos mil años de Cristiandad cultural y lo hace además, con confianza evangélica. He percibido mucho integrismo en otras denominaciones cristianas —incluida la mía — y creo que hacen un flaco favor al cristianismo o mejor dicho, al mensaje de Cristo. Si una Iglesia no es capaz de actualizarse como una Tradición viva, se hace ininteligible y cesa de ser relevante. ¿Como hemos conseguido complicar tanto las cosas? En realidad yo creo que el núcleo central del Cristianismo se resume en Mateo 25 : ‘Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis’

Todo lo demás es, hasta cierto punto secundario y derivado de ese principio de amor a Dios y al prójimo en Dios, y en mi opinión debería existir solo en función de sostén y apoyo al mensaje de amor y de júbilo de Cristo, que es en definitiva la buena noticia, el evangelio.