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El ecumenismo espiritual

Daniel Caravaca
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Para muchos cristianos la palabra ecumenismo no significa nada o como mucho es tan solo un término demasiado técnico como para comprenderlo.

Daniel Caravaca Domínguez  -  A eso debemos de sumar que en el contexto español únicamente ha existido durante siglos una iglesia y nada más. Pese a la moderada libertad religiosa vivida a partir del Sexenio Revolucionario y al actual contexto democrático el monopolio católico-romano sigue siendo tan evidente en nuestro país que para muchas personas el cristianismo se reduce a una iglesia, llegando al extremo de desconocer la existencia de otras, tanto en el extranjero como en la propia España.

Pero para las personas preocupadas por los conflictos dentro del cristianismo sigue siendo un tema desgarrador el de las diferencias al parecer irreconciliables entre las diferentes estructuras eclesiales. El ecumenismo es la respuesta ante esa sangrante historia de desacuerdos entre las distintas interpretaciones acerca de lo que es el cristianismo y respecto a las diversas eclesiologías que se han creado a lo largo de los siglos, que llega hasta el paroxismo en la actualidad dentro del mundo evangélico. Si lo miramos desde un punto de vista objetivo puede provocar sonrojo que la denominada religión del amor haya provocado miles de muertes, no ya contra individuos de otras religiones, que también, sino dentro mismo del cristianismo. ¿A qué se puede deber algo así? Las disputas entre cristianos son además el germen del secularismo dentro de la sociedad de mayoría cristiana, puesto que si las diferencias entre los cristianos han provocado tantas muertes y guerras, ¿cómo confiar en dicha religión? Lo mejor es dejarla para la interioridad de cada uno mientras creamos un nexo aconfesional dentro de la sociedad basado en los códigos de leyes, no en la ética del evangelio.

El problema de la creencia religiosa es cuando de creer que se posee la verdad se pasa a obligar a los demás a aceptar esa verdad en la que comulgamos. Cierto es que los cristianos mantienen unos nexos enormes de creencias y el Credo sigue siendo la verdadera muestra de ello. Por lo tanto, y pese a quien le pese, hay más elementos que unen que no que separan entre los que creen en Jesús como Hijo de Dios. Algunos cristianos creen que una situación de guerra fría, donde las iglesias no se dirijan la palabra pero no se agredan demasiado, es la mejor situación posible. Cierto que esta actitud, muy propia de los siglos XVIII y XIX, es mejor que lo sucedido en los siglos XVI y XVII, pero sigue siendo desoladora.

Es curioso que haya sectores cristianos que puedan aceptar un leve diálogo interreligioso pero en cambio rechacen agresivamente cualquier intento de acercamiento entre iglesias. Orar cristianos y musulmanes juntos por la paz puede ser interesante según esta visión porque no implica realmente ningún cambio de las propias convicciones. El problema es cuando el objetivo final es crear un acercamiento entre diferentes doctrinas cristianas, porque eso puede acabar provocando variar los propios planteamientos, entonces pueden surgir dudas, la verdad monolítica se resquebraja y las inseguridades arrecian.

Eso fue lo que sucedió a principios del siglo XX con la Conferencia Misionera Mundial de Edimburgo de 1910. Las diferentes iglesias evangélicas, hijas del protestantismo histórico, decidieron romper siglos de luchas entre ellas, y reunirse con el objetivo de la evangelización mundial, sin pretender imponer unos criterios por encima de otros. De aquí surge el movimiento ecuménico, que fue un movimiento principalmente evangélico, contrariamente a los comentarios torticeros que identifican el ecumenismo con la Iglesia Romana. En los años veinte empezaron a sumarse los cristianos ortodoxos y orientales y eso acabó provocando el nacimiento de las primeras instituciones ecuménicas, que dieron pie a la creación del Consejo Ecuménico de las Iglesias en 1948. Por eso se dice que las iglesias que forman parte del Consejo Ecuménico de las Iglesias, como la IERE, son iglesias ecuménicas. Si se forma parte como observador o de algunas de sus partes, como Fe y Constitución, se puede definir a esas iglesias como semi-ecuménicas, como es el caso de la Iglesia Romana, que no es miembro de pleno derecho ni quiere serlo del Consejo. Algunas iglesias envían observadores sin formar parte de ningún organismo de dicha institución, por lo que no llegan a ser consideradas ni semi-ecuménicas, como podría ser el caso de la Iglesia Adventista.

Todas las iglesias cristianas son invitadas a participar en el Consejo Ecuménico de las Iglesias siempre y cuando se parta del Credo común. Es por ello que por ejemplo los unitarios no pueden formar parte de esta institución.

El ecumenismo institucional ha conseguido grandes avances y ha propiciado el caldo de cultivo para acuerdos tan destacados y asombrosos si los tomamos en perspectiva histórica como la “Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación” firmado por la Iglesia Romana, la Federación Luterana Mundial, el Consejo Mundial Metodista y la Comunión Anglicana, acuerdo que por cierto en España es prácticamente desconocido, sobre todo por las iglesias evangélicas. Pero probablemente el camino desarrollado por las instituciones ecuménicas se encuentra estancado porque se ha llegado a los máximos acercamientos posibles desde un punto de vista teológico. Las bases del diálogo ecuménico se han asentado, el problema es sobrepasar la realidad de pecado en que se asientan las divisiones.

Porque la división de la Iglesia sigue siendo una muestra del pecado del hombre. La fractura de la Iglesia simboliza una vez más el fracaso del cristianismo en muchos ámbitos, la muestra de no haber sido dignos discípulos de Cristo. En ello participan todas las iglesias cristianas. Por no hablar de los grupos que se solazan en la desunión y buscan la puntilla a todas las diferencias posibles, no vaya a ser que la única interpretación posible de la escritura, obviamente la suya, pueda contaminarse por el contacto con los otros. Interpretaciones que en un mundo donde el cristianismo cada vez es menos visible y se encuentra más a la defensiva son menos sostenibles día a día, donde el propio escándalo de la separación provoca la mayor suspicacia entre los no creyentes con toda razón.

Que las diferencias están y son sólidas resulta innegable, lo contrario sería caer en el error del irenismo. Incluso el grado de ecumenismo es diferente según las confesiones. Dentro de la Iglesia Romana el objetivo final es la unidad en una única institución eclesiástica, lo que tampoco hay que confundir con una absorción, algo que nunca plantean los ecumenistas sinceros de origen romano. Mientras, las iglesias del protestantismo histórico y las ortodoxas prefieren buscar una intercomunión de ministerios y de sacramentos sin llegar a alcanzar ninguna unión orgánica. También sabemos que en la época del cristianismo primitivo existió una iglesia unida pero a la vez con diferencias muy importantes entre las distintas comunidades. ¿Cuál es el grado de unidad que se busca? Ni en eso existe acuerdo. Así el camino parece un callejón sin salida más que una meta lejana.

Por eso se ha llegado al convencimiento de que la unión de los cristianos sólo podrá darse gracias a la labor del Espíritu Santo porque lo que es imposible para el hombre sólo es posible para Dios. Ahí es donde entra el ecumenismo espiritual, alma de todo el movimiento ecuménico y actualmente probablemente el elemento en mejor estado del mismo.

El ecumenismo espiritual busca la unidad de los cristianos a través de la oración. Sabemos que realmente solamente gracias a la oración podrá alcanzarse esa unidad de la Iglesia. Los cristianos unidos le piden a Dios esa vuelta a la unidad de la iglesia, sea cual sea, pero donde podamos decir que no hay fractura ni enfrentamiento entre los diferentes cristianos e iglesias establecidas. Y por eso buscan orar unidos, sin ningún tipo de interés en el cambio de iglesia de cada uno de los miembros, puesto que ese no es el objetivo a tratar. El ecumenismo espiritual nació además dentro del anglicanismo en 1908, aunque fue plenamente elaborado tal como lo conocemos actualmente por el sacerdote católico-romano Paul Couturier en los años treinta, cuando su iglesia todavía seguía enfrascada en la absorción de las demás confesiones.

En un país como España la práctica del ecumenismo espiritual es verdaderamente inexistente salvo en la Semana de Unidad de enero. Debido al raquitismo del protestantismo español la mayor parte de las iglesias evangélicas locales provienen del fundamentalismo de los siglos XIX y XX, y prefieren la seguridad legalista antes que la verdad del evangelio. Mientras, la iglesia romana española defiende el monolitismo para intentar conservar un monopolio del cristianismo cada día más en horas bajas. Pero sería deseable que se formaran grupos de oración independientes que buscaran la unidad de la iglesia, confiando siempre y ante todo en la acción del Espíritu Santo en la vida de los cristianos y no en el trabajo de las jerarquías eclesiásticas. La unidad de la Iglesia es algo de lo que somos responsables  todos los cristianos también a título individual y nuestra oración es la única forma efectiva de alcanzarla por mucho que nos pueda parecer ingenuo pensarlo.