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Ponencia de Daniel Caravaca en el retiro de Ministros IERE de 2016

Daniel Caravaca
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El culto en la era de los Padres Apostólicos.

Daniel Caravaca  -  Lo primero de todo es indicar que me he centrado en un estudio relacionado con la iglesia occidental, concretamente Roma, debido al tiempo limitado de la exposición y a la complejidad de formas en la iglesia oriental y al nexo histórico que une a España con el occidente latino. Tampoco he utilizado textos de padres apostólicos que centraron su actividad tanto en oriente como en occidente pues desconocemos a qué zonas hacen referencia sus descripciones litúrgicas.

El gran escrito que nos sirve para hacernos una idea de cómo era la liturgia occidental en la época de la formación de la iglesia es el denominado Tradición apostólica del antipapa y mártir Hipólito. Este escrito de hacia el 220 d.C. muestra una tendencia tradicionalista y conservadora dentro de la iglesia propiamente romana y tuvo un gran éxito pues fue reproducida en múltiples ocasiones por considerársela una condensación ortodoxa de las normas litúrgicas de la primera tradición cristiana.

En este momento de principios del siglo III finaliza la época de los liturgos carismáticos inspirados por el Espíritu Santo y que propiciaron una liturgia muy individualista y poco homogénea dentro del cristianismo. Hay que ser conscientes que estamos en la época de la decadencia económica y cultural del Imperio Romano y los obispos empiezan a estar menos formados y a ser también menos conscientes de su autoridad por lo que recurrir a los textos escritos es una solución muy comprensible. De esta forma la improvisación se reduce y nace la uniformidad litúrgica. Las variedades locales se substituyen por una mayor igualdad ritual en áreas más extensas y que siguen un patrón común.

El problema respecto a la obra de Hipólito es que no poseemos el original griego y sólo traducciones probablemente poco cuidadosas. En él destaca que la parte litúrgica se subraya mucho más que no la disciplinar, algo muy diferente de lo que acontece con un texto como la Didajé, obra de difícil datación pero que podría haber sido compuesta a principios del siglo II.

Gracias al texto de Hipólito sabemos que el catecumenado duraba tres años y que para llegar a ser considerado catecúmeno hacían falta varios avaladores que dieran referencias de la persona propuesta. El bautismo se llevaba a cabo siempre en la noche de Pascua y se administraba en forma de preguntas, algo relacionado con el derecho contractual romano. En el caso del bautismo infantil los padres pronunciaban las promesas y se levantaba al niño de la piscina que se utilizaba como baptisterio. Probablemente la figura que levantaba al niño sería el antecedente de la posterior figura del padrino.

Respecto a la eucaristía se realizaba la acción de gracias sobre el pan, el vino y además podía también hacerse sobre aceite, queso o aceitunas, elementos propios de la dieta mediterránea de la época. Los fieles serían los que presentarían estos dones, el diácono los tomaba y los llevaba ante el obispo. Éste formulaba la anámnesis (relato de la institución), la epíclesis (invocación del Espíritu Santo) y la doxología (glorificación de Dios). Entonces se partía el pan y se repartía junto al vino. Durante la Pascua los que acababan de bautizarse bebían junto a lo anterior leche y agua con miel.

La eucaristía se practicaba el domingo. Existen estudiosos que creen que el rito se iniciaba con una petición de los fieles y que también se daba el mutuo beso de paz pero en el texto de Hipólito no se encuentran estas dos partes.

La lengua utilizada era el griego. Hay que tomar en cuenta que probablemente la mayor parte de la población de Roma en el siglo III eran esclavos o libertos originarios de Asia, cuya lengua común era el griego. La clase culta también utilizaba el griego desde siglos atrás. En ese sentido Roma era una ciudad helenística más que latina por aquella época. Pero este proceso lingüístico empezó a revertirse en esa misma época y el latín substituyó al griego dentro del pueblo romano en el sigo IV. Por lo que sabemos durante una época se siguió utilizando el griego cuando ya no se hablaba de forma común, entre el 320 y el 380 aproximadamente. En el 370 el escritor romano Mario Victorino, que escribe en latín, cita un trozo del canon y lo cita todavía en griego. En cambio a partir del 380 el obispo romano Dámaso decidió evolucionar hacia el latín y se tradujeron los textos a la nueva lengua.

Gracias a las fuentes que se han conservado sabemos que en el siglo IV la eucaristía se conformaba con la anamnesis, la epíclesis, una súplica de oblación de los dones y una referencia a los ángeles que se practicaba en el altar. El origen del canon latino iniciado a partir del obispo Dámaso puede tener por lo que sabemos una triple influencia: las reformas realizadas por Ambrosio en Milán, las innovaciones provenientes de Cartago o la propia labor de Dámaso.

Un tema que ha provocado serias discusiones es el referido a la gran cantidad de términos relacionados con los cultos antiguos y las religiones mistéricas que pasaron al lenguaje litúrgico griego de Hipólito y posteriormente al canon latino. El debate se ha centrado sobre si estas expresiones mantuvieron el significado concreto de los cultos antiguos o adoptaron desde el primer momento un sentido nuevo, más abstracto y espiritual. Odo Casel fue quién más defendió la tesis muy controvertida de que se mantuvo el sentido original pagano en la liturgia cristiana, opinando que ya en las religiones paganas existía un elemento cristiano propiciado por Dios y que el cristianismo habría aprovechado. En la actualidad más bien se cree que la concepción mistérica pagana sólo se aprecia en algunos ámbitos muy limitados de la iglesia de los primeros siglos y se ve muy poco en los escritos de los padres apostólicos por lo que se cambiaría muy pronto el sentido pagano substituyéndolo por una nueva concepción cristiana.

En esta época las oraciones de la liturgia se dirigían directamente a Dios Padre y Cristo aparecería sólo como un mediado sacerdotal excepto en el Kyrie y en el Gloria in excelsis Deo. Sabemos que en cambio en la edad media se dio lo contrario, dirigiéndose las oraciones a Cristo. El historiador Jungmann demostró que el cambio de estructura de las oraciones del canon fue provocado en el siglo IV debido a la negación arriana de la igualdad entre el Padre y el Hijo. Esta nueva tendencia, originada en oriente, fue rechazada en occidente, sobre todo por influencia de la teología de Cartago representada por Agustín, pero se modificaría en la segunda mitad del siglo IX.

En relación a los vestidos e insignias las fuentes más antiguas que poseemos son del siglo VII así que no tenemos una descripción escrita de los cambios y las evoluciones de esta época. Sí que sabemos que en el siglo VII el ceremonial de la corte romano-bizantina y el rito de la misa papal tendrían muchísimos nexos. Sabemos que desde Constantino a principios del siglo IV los obispos recibían las insignias de los supremos dignatarios del estado romano y que el obispo romano empezó con el tiempo a recibir los mismos honores del emperador. También se nos ha transmitido que la mayor parte de los obispos aceptaron estos honores para aumentar la autoridad de la iglesia a partir del siglo IV, oponiéndose muy pocos, como Agustín, Ambrosio o Martín de Tours, que conservaban un poso más evangélico. El mismo Cristo pasa a ser representado y considerado el pantocrátor, el dominador, con los mismos atributos del emperador romano. Todo hace pensar que la evolución simbólica se iría acelerando desde el siglo IV hasta el VII.

Respecto al lenguaje el formulario litúrgico romano utilizará los principios de la retórica romana, intentando grabar las verdades fundamentales en los fieles. Podemos considerar que esta formulación se dirigía demasiado al entendimiento y poco al sentimiento. Probablemente ya desde el siglo IV esta liturgia no podía seguirse bien por los fieles, en una época de regresión dramática del nivel de vida, de la cultura y de la alfabetización.

La liturgia latina además no utiliza prácticamente la Biblia, algo que contrasta enormemente con los textos de Ambrosio o Agustín, imbuidos de la Escritura.

Con toda certeza se cree que ya en el siglo V se creía que el canon latino provenía en origen de la época apostólica, cuando era tan solo del siglo IV. León Magno y Gelasio serían probablemente los recopiladores del canon latino.

Hay que pensar que tenemos muy pocas fuentes acerca de la liturgia de las otras partes de occidente y que muchas de esas fuentes ya nos empiezan a hablar de la liturgia del siglo V o VI. La liturgia hispánica, por ejemplo, se cree que se redactó definitivamente en el siglo VI gracias a la actividad de Leandro e Isidoro de Sevilla o Martín y Fructuoso de Braga, muy influida por África y Roma y no sabemos mucho con exactitud de la que se utilizó antes de esa fecha aunque se puede creer que tendría muchos nexos de unión con la definitiva del siglo VI.