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Mié, Mar
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Un Dios que ama, no que humilla

Daniel Caravaca
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En ocasiones escuchamos a ciertos cristianos hablar de que en su experiencia espiritual Dios les está humillando para así corregirles en sus “desviaciones”.

Daniel Caravaca Domínguez  -  ¿De dónde puede provenir esta idea? Probablemente de una interpretación preestablecida de ciertos pasajes bíblicos donde el Padre se transforma en un ser amoroso pero que a la vez nos envía males para purificarnos.

¿Qué debemos de hacer cuando escuchamos este tipo de razones teológicas? Ciertamente la Biblia es un libro grande y diverso donde vamos a poder encontrar siempre algún pasaje que nos dé la razón en nuestra forma de pensar. El problema en sí puede ser ese, que hagamos un dios a nuestra imagen y semejanza cuando nuestro objetivo es encontrarnos con el evangelio que nos transmitió Jesús, ni más ni menos.

Cristo siempre nos ha pedido antes que nada que confiemos en nuestro Padre que está en los cielos. Él también nos ha enseñado que Dios es amor. ¿Dónde cabe aquí la humillación del creyente? Ciertamente en los evangelios siempre vemos la idea de que en nuestra conversión hacia la divinidad debemos antes que nada arrepentirnos de nuestros pecados. Aquí no existe ningún tipo de humillación, sencillamente el Señor nos pide que reconozcamos nuestra realidad, que aunque estemos hechos a imagen y semejanza de Dios, el pecado abunda en nosotros. Aceptar lo que somos no implica ningún castigo, sólo una dosis de sentido común que le conviene a todo cristiano en todos los momentos de su vida, no solo en un periodo preciso de “conversión”.

Cristo nos pide en el Sermón del monte que no nos preocupemos y que nadie podrá añadir una sola hora a su vida por mucho que nos preocupemos (Mt 6, 27). La preocupación en sí es algo que no conduce a nada y que tiene más que ver con la superstición pagana que con otra cosa. Todos conocemos a personas “sufridoras”, que siempre andan torturándose debido a una mentalidad calenturienta y que no suelen conseguir demasiados objetivos vitales gracias en gran parte a dicha situación que los domina. En algunos casos, de forma triste, unen ese estado de ánimo a una acción de Dios en sus vidas. En el citado pasaje del evangelio Jesús se refiere sobre todo a las necesidades básicas de la vida, que en el siglo I se definirían por la comida y el vestido. Probablemente en nuestra época añadiríamos unas cuantas más. Pero el rechazo de las preocupaciones por parte de Cristo es claro y palpable. Ese rechazo incluiría también a las preocupaciones que implican falta de confianza en Dios o que mancillan la naturaleza divina.

¿No nos dijo Jesús que vayan a él todos los que están cansados y agobiados y que Jesús mismo les dará descanso? (Mt 11, 28) ¿Acaso estamos dudando de las palabras de Cristo cuando caemos en tales aprensiones? ¿Queremos sacarles un significado oculto a estos pasajes meridianamente claros y arrimar el ascua a nuestra sardina?

Por supuesto que existe un temor a Dios. Pero este temor no tiene relación ninguna con la persona que no puede fiarse de su Padre y de cómo va a reaccionar éste. El temor de Dios es aceptar nuestra realidad pecadora, asumir que la gracia que hemos recibido es un regalo que hemos de reverenciar con lo más precioso que tenemos. Algunos utilizan las palabras de Pablo referidas al aguijón en su carne como un ejemplo de que el Padre nos puede probar para manifestar su gloria. Pero el propio texto bíblico indica que Dios le dijo al apóstol que “te basta mi gracia, porque mi fuerza se realiza plenamente en lo débil” (2 Corintios 12, 9). En ningún lugar se dice que Dios lo esté torturando o humillando sino que la gracia de Dios puede con todos los problemas humanos y se realza cuando estos existen. Aguijones de la carne tenemos todos pero en ningún sitio se dice que provengan de Dios para probarnos, hacernos mejorar o algo similar, si no que sencillamente existen. Cuando el propio Pablo indica que el origen está en Satanás no puede ser más claro en indicar la causa del problema que le acecha y que nos acecha a todos nosotros como humanos que somos, y que él diga que tal aguijón le va bien no indica más que gozo en su fe. Dar de forma continua interpretaciones a lo que como mucho son sospechas nos aleja de Dios y nos impide confiar en su actuación si acaba desembocando en creencias alejadas del evangelio. ¿Para qué buscar siempre respuestas a lo que no tiene explicación humana? ¿Queremos tentar al Padre explicándole lo que él hace en nuestras vida cuando no tenemos ninguna prueba?

¿Qué evangelio de gozo vamos a transmitir a los no creyentes si nos escuchan hablar de un Dios que humilla a los que creen en él? Lo más normal es que nos tomen por personas voluptuosas y con un ego demasiado grande y pervertido por vicios religiosos. Lo segundo que harán es huir de un cristianismo que cree equivocadamente en este tipo de errores. Una cosa es tener un mal día o una mala época y caer en estas reacciones, otra muy diferente ir pregonándolas por ahí a gentes que se están iniciando en la fe. El evangelio es lo más cercano a Dios que tenemos, sus palabras están llenas de consuelo ante personas maldecidas por la situación social de su época. Que en las enseñanzas de Jesús también exista condenación no se está refiriendo a los que lo siguen y aman, siendo además una condenación más relacionada con el futuro escatológico que con nuestro día a día. Cada hecho de nuestra vida tiene importancia y consecuencias pero si Dios nos manda un mensaje de esperanza no lo manchemos con suposiciones que contradicen su misma esencia.

Dios nos está cuidando en nuestra vida, en todos los momentos de nuestra vida. Él nos lleva, aunque nosotros no sepamos a dónde nos lleva. Si nuestra alma se ensoberbece bastantes problemas tendremos con las consecuencias de esa tendencia. Que existen grandes dosis de dolor en el mundo resulta innegable rechazarlo. El dolor en sí es un misterio. Pero añadir que el dolor provenga directamente de Dios tiene unas connotaciones de auto-convencimiento difíciles de justificar. De Dios proviene todo pero no sabemos ni las razones ni las causas. El temor de Dios, la sabiduría, incluye el callar ante lo que desconocemos y no entrar en disquisiciones interpretativas acerca de los motivos divinos. Respecto a la naturaleza del Padre sabemos lo que Jesús nos explicó, que ya es mucho. Lo que no podemos hacer es inventar teorías propias o escoger los pasajes bíblicos que nos convienen para justificarlas.

Amemos a Dios pero sobre todo sintámonos amados por él. No intentemos descubrir lo que siempre será un enigma para nosotros y lo que llega a ser una impiedad si nos empeñamos en buscar una interpretación que sabemos que nunca tendremos con certeza. Confiemos en él y pensemos que siempre nos cuidará suceda lo que suceda a nuestro alrededor. Esa es la verdadera sabiduría y lo que nos pide Jesús en los evangelios.