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Mié, Mar
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La importancia de la tradición

Daniel Caravaca
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Mucho se ha discutido dentro de las iglesias cristianas acerca del valor que debemos otorgarle a la tradición.

Por Daniel Caravaca Domínguez  -  Dentro del anglicanismo ya Richard Hooker indicó a finales del siglo XVI que había que aplicar de forma equilibrada tres criterios para expresar nuestra fe cristiana: por encima de todo la Sagrada Escritura, y debajo de ella la Tradición Apostólica junto a la razón. Los principios definidos por Hooker han prevalecido dentro de la Comunión Anglicana tal como muestra el Cuadrilátero de Lambeth, oficializado en 1888 y que establece las Santas Escrituras, el Credo Apostólico, los dos Sacramentos establecidos por Cristo (Bautismo y Cena del Señor) y episcopado histórico como los elementos que definen nuestra identidad.

No puede tampoco olvidarse que a lo largo de la historia de la Iglesia universal Biblia y tradición habían convivido, prevaleciendo siempre la primera sobre la segunda. No fue hasta el Concilio de Trento en que la Iglesia Católica Apostólica y Romana puso en pie de igualdad ambas junto al magisterio. En ese sentido es por ello que algunos autores creen que la Comunión Anglicana o las Iglesias ortodoxas son las que representan mejor el espíritu del catolicismo eclesiástico antiguo ya que la Iglesia Romana se ha apartado de él al aceptar tales modernismos, que no tienen todavía ni 500 años de antigüedad algo que en perspectiva histórica no supone tanto tiempo.

En el otro extremo algunas iglesias evangélicas han optado por un desprecio absoluto hacia todo el pasado cristiano, abandonando incluso el Credo (al que acusan de “católico”, expresión que utilizan como insulto para definir todo lo relacionado con el Vaticano, aunque parezcan no comprender que así le siguen el juego a esa institución que tanto detestan). Para este tipo de denominaciones o iglesias independientes toda la tradición es maligna, sin ningún tipo de distinción porque lo único importante es el texto bíblico. Por lo visto todo lo que hay entre el libro del Apocalipsis y la época actual no merece ninguna atención excepto ellos mismos, que son los únicos cristianos verdaderos y no contaminados. Con esta forma de pensar no se dan cuenta de que dentro de cincuenta años todos sus esfuerzos serán considerados como despreciables para sus sucesores o las nuevas iglesias que crearán sus acólitos en el tiempo, aunque probablemente piensen que con ellos se debe de realizar una excepción.

Ante estas posturas habría que encontrar un sano equilibrio, como muy bien pedía Hooker hace ya unos cuantos siglos con una tolerancia y sentido común que nos siguen provocando admiración. La tradición no puede imponernos un abandono de las ideas principales que se encuentran sin discusión en el texto bíblico, pero no podemos rechazarla así como así, ya que la humildad y el respeto a nuestros padres en la fe es algo que se nos pide a lo largo de toda la Sagrada Escritura.

Pero más todavía. ¿Quién ha fijado la canonicidad del texto bíblico? Según la opinión de estas novísimas iglesias la Biblia parece caída del cielo como el Libro del Mormón o similar. La Biblia no es el Corán, un texto dictado por un profeta principal y situado por encima de los demás, si no que está escrita por muchos autores humanos que en el caso del Nuevo Testamento formaban parte de la Iglesia recién constituida. No se puede olvidar que Cristo no escribió ningún texto bíblico y si no lo hizo fue con plena voluntad y conocimiento. ¿Por qué no lo hizo? Ese no es tema para este artículo pero existen hipótesis muy razonables para agradecerle que no lo llevara a cabo.

Ha sido la tradición la que ha fijado la canonicidad del texto bíblico. Sin entrar en el tema de los libros deuterocanónicos o apócrifos del Antiguo Testamento, no existen grandes discusiones en la actualidad acerca del canon del Nuevo Testamento, aunque algunos autores defiendan la prevalencia de unos textos por encima de otros. Si la tradición no tuviera valor cada generación y cada iglesia deberían fijar su propia Sagrada Escritura o por lo menos cuestionar el presente canon. Por consiguiente al indicar que la Biblia es el único criterio válido y despreciar la tradición sus adversarios ya la están valorando positivamente sin quererlo, puesto que fue ella la que fijó los textos de la Escritura, labor que se desarrolló en varios siglos y donde participaron múltiples autores. Es más, las discusiones acerca de la validez de algunos textos fue dura y larga, solventada más por los acuerdos mayoritarios que no por una unanimidad absoluta y sin fisuras. Que la Escritura está inspirada por el Espíritu Santo es una verdad en la que creemos todos los cristianos, pero saber cuál es la Escritura inspirada por el Espíritu Santo no fue algo nada fácil de establecer. Decir lo contrario no es más que una manipulación de la historia sin sentido, lo mismo que establecer que los concilios de la Iglesia Católica Romana son los únicos que pueden dar validez al canon puesto que la Iglesia Romana tal como la entendemos en la actualidad es algo que proviene del Concilio de Trento y no de antes.

Pero con el ataque a la tradición también se está despreciando a la ciencia histórica y al respeto que le debemos a tantos cristianos ilustres que nos han precedido en la fe. Pensar que entre el Nuevo Testamento y nosotros nada tiene valor es una muestra de ignorancia y de egolatría difícil de aceptar. Llegar a escuchar que lo pasado ya no tiene ninguna importancia y que hay que abandonarlo también provocaría hacer eliminar el propio texto bíblico, que tiene bastantes años más que nosotros. Que debamos adaptar la herencia recibida no es lo mismo que rechazarla, como no tiene tampoco sentido que se impidan nuevas formas de religiosidad o modificaciones paulatinas de las ya existentes.

El no aceptar la importancia de la historia acaba desembocando en la más crasa ignorancia respecto a lo que somos y al porqué hemos llegado a ser así. Por eso mismo utilizar modelos que se consideran “actuales”, cuando son “actuales” de otras culturas demasiado diferentes a la nuestra para que sean asumidos como propios así como así, explican muy bien el fracaso de ciertas formas de cristianismo que se nos han querido imponer como “la única verdaderamente bíblica” y que no hay forma de que se enraícen en nuestro contexto. Porque por mucho que se diga la cultura y la historia modifican nuestra forma de ver el mundo y para alguien acostumbrado a vivir en los países católico-romanos mediterráneos ver a alguien tocando música pop o rock y predicando una hora lo va a identificar más con un concierto que no con una ceremonia cristiana, que en todo caso proviene del ambiente cultural de Estados Unidos, referente religioso poco relacionado con el de la Europa del sur.

Si rechazamos la tradición también nos alejamos de los referentes personales de la fe que se han dado a lo largo de los siglos y que supone una aberración ignorar, como también supone un profundo error ponerlos a la misma altura que Dios. Es muy fácil caer en excesos, tanto por un lado como por el otro.

 

Por eso hay que remarcar una vez más la importancia de la tradición para nuestra iglesia y para todos los cristianos que valoran el sentido común, sin caer nunca en extremos que nos alejan del Evangelio de Cristo. Pidamos al Señor que aclare siempre nuestro juicio y nos encamine a hacer justicia con todos los cristianos que han invocado su nombre a lo largo de la historia, valorando y amando su testimonio para hacerles la justicia que merecen y sabiendo apreciar su influencia en nosotros sin menoscabo de situar a Cristo como nuestro único Salvador e intercesor ante el Padre.