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Las tentaciones de Jesús según San Lucas

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“No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos”

Rvdo. Juan María Tellería Larrañaga  -  Resultan sobremanera interesantes para cualquier lector del Nuevo Testamento los relatos que nos ofrecen los Evangelios Sinópticos acerca de las tentaciones de Jesús. Desde un punto de vista muy tradicional, que cuenta con valedores ya entre los antiguos Padres de la Iglesia, se trataría de un combate dialéctico real, un cara a cara que tuvo lugar en cierto momento entre el Hijo de Dios, que comenzaba su ministerio, y Satanás, el príncipe del mal y causante de la caída de Adán[1]. Solo más recientemente se ha postulado que una lucha tal tendría más bien lugar en el interior del propio Jesús, y que los detalles descritos no serían sino una posterior refección literaria —y teológica, evidentemente— de los evangelistas San Mateo y San Lucas, con la finalidad de precisar y definir lo que habrían sido las tentaciones más graves a que el Señor habría estado sometido en tanto que Hijo del Hombre; los evangelistas habrían tomado como modelo, a tal efecto, las típicas diatribas entre los sabios y maestros de las escuelas rabínicas de su tiempo, en las que era frecuente argumentar y contra argumentar con citas de las Escrituras[2].

Sea como fuere, lo cierto es que a la sobriedad de la narración original marcana de las tentaciones[3], los Evangelios según San Mateo y según San Lucas responden con sendos relatos harto elaborados[4], que muestran rasgos comunes[5], pero que al mismo tiempo difieren entre sí, como evidencia una simple lectura rápida de los pasajes correspondientes. Aunque en el estado en que se hallan hoy los estudios críticos sobre los Evangelios Sinópticos, no existe un consenso claro sobre cuál de las dos versiones, la mateana o la lucana, contiene lo que debió ser la tradición original, lo cierto es que en la costumbre y la catequesis de la Iglesia parecería ser la recensión mateana la que contara con un mayor apoyo, en lo cual se dan, sin duda, factores muy diversos y no forzosamente teológicos o metodológicos[6].

Deliberadamente nos apartamos de esta tendencia generalizada y nos decantamos por la prioridad de la recensión lucana, no desde luego por snobismo ni por meras pretensiones de originalidad, sino porque entendemos que, tal como aparecen narradas las tentaciones en el relato lucano, reflejan una interesante progresión que muy bien pudo ser la original, o por lo menos, la más cercana a la original.

Sin necesidad de citar in extenso la narración de Lucas (Lc. 4:1-13), vamos a destacar lo que, entendemos, son sus características más importantes para el lector cristiano de nuestros días.

La primera de ellas, y no la menos importante, es la presencia del Espíritu Santo al comienzo del relato. Los Evangelios de San Mateo y San Marcos también mencionan el Espíritu en sus pasajes paralelos[7], pero solo San Lucas alude a él por su nombre completo, detalle este que, según algunos, indicaría una mayor conciencia de la realidad de la Tercera Persona de la Trinidad y, por ende, un mayor desarrollo de la pneumatología[8] en su escrito. En realidad, el Espíritu Santo enmarca toda la experiencia de Jesús a lo largo del Evangelio lucano[9], y muy especialmente los acontecimientos que anteceden y siguen a las tentaciones: Lc. 3:22 nos dirá que descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma, con ocasión de su bautismo, algo que también leemos en los textos paralelos de San Mateo y San Marcos[10]; pero solo Lc. 4:14 indicará que Jesús volvió en el poder del Espíritu a Galilea. La acción de Jesús al enfrentarse con el tentador (o con la tentación, como algunos de nuestros contemporáneos preferirían decir) no es algo que emprenda él solo; en tanto que israelita o creyente fiel, y no solo en su calidad de Mesías o Salvador, se muestra como un hombre especialmente dirigido por el Espíritu de Dios. Y esta presencia y dirección del Espíritu Santo se evidencia, por encima de todo, en una permanente actitud de obediencia y sumisión a la voluntad divina, por incomprensible o ilógica que pudiera parecer. No se desmarca, por tanto, el Jesús lucano —ni el del resto de los Evangelios, por supuesto— de la tradición profética del Antiguo Testamento, según la cual el varón de Dios[11] es alguien empujado por Yahweh para cumplir misiones concretas que exigen la total aceptación de las órdenes del Señor de Israel por parte del elemento humano. De ahí que, al iniciar su relato de las tentaciones con esta mención del Espíritu Santo, el evangelista subraye el pleno acatamiento de la dirección divina por parte de Jesús, al mismo tiempo que anticipa ya su victoria sobre las fuerzas malignas. El episodio de las tentaciones de Jesús constituye, por tanto, todo un pasaje de la más pura escatología bíblica: las huestes de maldad, en cuyas competencias se halla el dominio sobre todos los reinos de la tierra (Lc. 4:5), no tienen nada que hacer ante el embate del Espíritu de Dios. En todo el pasaje resuenan, por tanto, los ecos de Zac. 4:6b, donde leemos las conocidas palabras:

No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.

Así mismo, y debidamente entendido, nos da la clave para comprender, o por lo menos para vislumbrar, mucho de lo que leemos en los escritos apocalípticos de la Biblia, desde Ezequiel y Daniel hasta el llamado Apocalipsis de San Juan, dejando de lado toda la fantasía especulativa de tantos comentaristas de nuestros días.

La segunda la constituye el marco geográfico del desierto, que, aunque no se identifique con mayor detalle, ha de ser, sin duda, el llamado desierto de Judea[12], zona mayormente inhabitada a la sazón[13], aunque no forzosamente inhóspita ni similar a nuestra imagen occidental de los arenales del África septentrional o de la península Arábiga[14]. Sea como fuere, el desierto reviste en la Historia de la Salvación un protagonismo indiscutible por ser el entorno en que el antiguo pueblo de Israel se había forjado como pueblo de Dios, tanto en lo referente a su estancia en el Sinaí, como en lo que toca a los cuarenta años de su peregrinación antes de la entrada en la tierra prometida, conforme a lo que leemos en los relatos del Pentateuco. Los tres evangelistas sinópticos, al emplazar a Jesús en el desierto bajo la guía del Espíritu de Dios, hacen entroncar directamente al Salvador con las tradiciones más sagradas de Israel, aquellas que se refieren a sus orígenes como nación sacerdotal, pueblo especialmente apartado para Dios. En San Lucas, que es quien más insistirá en presentar a Jesús como Salvador universal, este detalle aún reviste mayor importancia, pues hace de la redención del género humano la culminación de una historia que se inició con un pueblo de esclavos en un desierto. No hay, por lo tanto, y pese a lo que ya algunos debían decir en la época apostólica[15], ruptura ninguna entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Al contrario, la salvación de la humanidad por medio de Jesús de Nazaret se muestra como la materialización histórica de un propósito divino inicial que hace de Israel el vehículo de la Gracia de Dios para todas las naciones. La oposición entre judíos y gentiles es, por ello, temporal, y la restauración final de Israel no puede entenderse sin la proclamación de las buenas nuevas del Jesús resucitado a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén y llegando hasta lo último de la tierra (Hch. 1:6-8). La ubicación del Salvador en el desierto de la tentación implica, pues, el triunfo definitivo de Dios sobre el imperio del mal en el marco de una Historia de la Salvación que no puede entenderse de otro modo que en clave de victoria. Quienes han pretendido ver en la figura de Jesús en el desierto al Salvador que acude al terreno del diablo[16], han incidido también en el hecho de que Cristo entra en los dominios del mal para destruirlos desde dentro, en lo cual hay quien ha querido ver una anticipación de la propia Resurrección del Señor, vencedor y destructor definitivo de la muerte y del sepulcro.

La tercera se circunscribe al marco cronológico de los cuarenta días de ayuno en la soledad, dato que también se encuentra en los otros dos Evangelios Sinópticos[17]. Como bien se ha explicado en múltiples ocasiones, la cifra cuarenta es de una gran importancia en la simbología del antiguo Israel: es el número de los días en que el diluvio universal derramó sus aguas sobre la tierra (Gn. 7:12); de los días en que Moisés estuvo con Dios en lo alto del Sinaí (Éx. 24:18; Dt. 9:9); de los años en que Israel sería un pueblo peregrino por el desierto, alimentado por la provisión misericordiosa de Dios (Éx. 16:35; Nm. 14:33); o de los días que caminó Elías el profeta desde la tierra de Israel hasta llegar a Horeb, el monte de Dios (1 R. 19:8). Adquiere así, en la conciencia de Israel, el valor simbólico de un período de prueba en preparación de algo extraordinario que ha de acontecer. El ayuno de Jesús en pleno desierto y durante aquellos cuarenta días, siempre dirigido por el Espíritu, supone un arduo ejercicio de fortalecimiento interno en aras del combate contra la tentación que ha de arrostrar. También en este caso concreto, la mención del número cuarenta implica para cualquier creyente israelita del momento un signo precursor del triunfo, ya que los siervos de Dios del Antiguo Testamento que vivieron las circunstancias enmarcadas en esa cifra resultaron victoriosos: Noé y su familia superaron con éxito la prueba del diluvio; Moisés obtuvo gran bendición de su estancia con Dios en el Sinaí; Israel conquistó Canaán después de los cuarenta años de peregrinación, y Elías dejó un sucesor en Israel y fue glorificado después de su estancia en el monte Horeb. El empleo del número cuarenta por los Evangelios Sinópticos en esta coyuntura de las tentaciones de Jesús viene también a señalar el dominio que Dios tiene sobre los tiempos y las sazones, así como la manera en que dirige los acontecimientos, incluso aquellos que aparentemente podríamos considerar adversos, para la consecución de su propósito salvífico. 

La cuarta la conforma la mención de Jesús como Hijo de Dios por parte del propio Satanás, y ello en dos ocasiones: la primera y la última tentación (Lc. 4:3,9)[18]. Aunque en las versiones tradicionales de la Biblia entendemos esta alusión a la filiación divina de Jesús como una duda que el tentador pretendiera suscitar en él (si eres Hijo de Dios), el texto griego de los Evangelios según San Lucas y según San Mateo permite comprenderla más bien de otro modo, como una certeza[19]. De ahí que la versión BTX o Biblia Textual, más ajustada en este caso, traduzca ya que eres Hijo de Dios[20]. No pone en duda Satanás la relación de Jesús con Dios Padre; el adversario no se muestra tan poco inteligente: la narración del bautismo de Jesús, tanto en San Lucas como en San Mateo[21], contienen la proclama divina de que Jesús es Hijo de Dios, por un lado, y la genealogía de Jesús que solo San Lucas inserta entre los relatos del bautismo y las tentaciones, declara sin ambages la filiación divina del Salvador (Lc. 3:38), por el otro. No tendría sentido alguno cuestionarla. De ahí que esas tentaciones hayan de ser más profundas de lo que tradicionalmente se ha entendido; no se trata de que Jesús demuestre que es Hijo de Dios, sino que, en tanto que tal, actúe de una manera determinada. No pide el diablo “pruebas” de que Jesús es lo que cree ser, sino que le exige un cierto tipo de acción acorde con su rango. Sin duda, una de las mayores tentaciones de nuestro Señor debió ser el llevar a término ciertas gestas en exceso llamativas, de forma que se desvirtuara el propósito original de Dios para la redención del hombre. De todas maneras, el reconocimiento por parte de Satanás de que Jesús era realmente Hijo de Dios, conlleva en el contexto general del Evangelio su propia derrota: si el Hijo de Dios está presente en el mundo, el imperio del mal se tambalea, tiene los días contados.  

La quinta y última la hallamos en el orden de las tentaciones como reflejo de la realidad humana y mesiánica de Jesús. El relato mateano de las tentaciones presenta el orden más habitualmente considerado piedras y pan – arrojarse desde el pináculo del templo – los reinos del mundo y la adoración del diablo. San Lucas Evangelista, por el contrario, muestra otro distinto y que, pensamos, es el más ajustado a lo que debió ser en la realidad. Veamos el porqué.

La primera tentación, que en San Lucas no hace referencia a unas piedras, en plural, sino a una sola, en singular (Lc. 4:3), apunta a la más pura necesidad humana, la de la nutrición, pero, al mismo tiempo, se refiere al hecho de que Israel recibió de Dios su pan en el desierto[22]. El israelita fiel, del cual Jesús se muestra como el prototipo, debía ser consciente de su estrecha dependencia divina en todos los aspectos de la existencia, pues solo Yahweh puede ser soberano. La gran tentación en tal caso no es procurarse los medios para hacer frente a las necesidades básicas, sino el pretender que en tal circunstancia se puede prescindir de Dios, lo cual implica una filosofía de base puramente humanista. La independencia radical de la tutela de Dios es, a lo largo de todas las Escrituras del Antiguo Testamento, el gran desafío que se le presenta a Israel como la más grande de sus tentaciones, y al que sucumbe en numerosas ocasiones. De alguna manera, la mayoría de quienes hoy se definen como judíos caminan por ese mismo sendero, del que tan solo los más ortodoxos pretenden escapar ciñéndose estrictamente a sus tradiciones talmúdicas.

La segunda tentación, que en el Evangelio según San Mateo es la tercera, hace alusión al ansia ilimitada de poder y dominio del mundo. El Israel de la Biblia no parece haber tenido este tipo de deseo en relación con los pueblos de su entorno[23], pero es el propio de los gentiles: así, la antigüedad conoció los grandes imperios de pretensiones universales, tanto orientales[24] como europeos[25]. Al ser presentada a Jesús esta tentación en el orden en que la encontramos en San Lucas, inmediatamente después de la que hace alusión a Israel en el desierto, el evangelista parecería hacer alusión a la clásica división de la humanidad entre judíos y gentiles. Y lo que dice veladamente es que los grandes dominadores de la tierra —léase entre líneas el nombre de Tiberio César[26]— son en realidad adoradores del diablo, señor temporal del mundo por un especial designio divino[27].

La tercera y última, que en el Evangelio según San Mateo es la segunda, se nos presenta, con toda probabilidad, como la más difícil de soportar para Jesús, pues contiene los tres elementos clave de la concepción mesiánica del momento: la ciudad de Jerusalén, el templo (uno de sus pináculos, más concretamente[28]) y la presencia de los ángeles. No es, por lo tanto, una tentación corriente para un israelita cualquiera, y mucho menos para un gentil. Jerusalén es la ciudad santa, hacia la cual se enfoca todo el Evangelio según San Lucas, donde si inicia el drama de la redención con el nacimiento de Juan el Bautista (Lc. 1) y donde Jesús es crucificado, resucitado y desde donde ascenderá a los cielos (Lc. 23-24). En ella, por lo tanto, es donde el Mesías se ha de manifestar. Por otro lado, ciertas tradiciones mesiánicas, bíblicas algunas[29], y también de otra índole, vinculaban al Mesías con el templo, de manera que la idea de realizar un gran prodigio en su recinto podría resultar harto atractiva para Jesús. Y finalmente, el hecho de que los ángeles colaborasen en el milagro podría tener su atractivo, máxime si ello venía corroborado por una cita de las Escrituras (Sal. 91:11-12). No hemos de olvidar que en tiempos de Jesús las creencias acerca de los ángeles y su ministerio de servicio a favor de Israel y del Mesías eran “el gran descubrimiento” de los rabinos, tanto como para generar discusiones y divisiones en el seno del judaísmo[30]. esta tercera tentación supondría, pues, para Jesús, la prueba más difícil.

Para hacer frente a las tres, el Salvador empleará la mejor arma posible en el contexto religioso de su época: la propia Escritura. En los tres casos citará el libro del Deuteronomio, es decir, la Segunda Ley, fruto de profundas reflexiones de épocas difíciles, y de gran madurez de pensamiento, tal vez el escrito favorito de los judíos de comienzos de la Era Cristiana, o quizás de la primera iglesia. Y nos sorprende hoy el tino con el cual desmonta las propuestas del tentador, especialmente al final, cuando Satanás llegará a emplear los propios escritos sacros de una manera muy parecida a como los han empleado a lo largo de los siglos, y los siguen empleando hoy, todos los manipuladores religiosos y todas las sectas: de una manera excesivamente literal y sin discernimiento del hilo conductor general. Jesús vence en la soledad del desierto, de su propia alma, aferrándose a la Palabra Viva del Dios Vivo que promete auxilio, exige adoración única y rechaza todo amago de prueba sobre su obra o sus designios. La victoria de Jesús proclama, pues, la soberanía divina sobre tiempos y sazones, sobre reinos e imperios, sobre hombres y espíritus, buenos o malos, y nos trae esperanza. El tentador es vencido para luego caer definitivamente (Lc. 10:18).

De ahí que el cristianismo deba ser entendido y vivido como una expresión de gozo y victoria plasmados en un constante servicio a los demás y una proclama de las buenas nuevas de salvación para todas las naciones.



[1] Ireneo de Lyón, Contra las herejías, V, 21-22.

[2] Ejemplos de lo cual hallamos en los tratados talmúdicos Sanedrín 43b o Yomá 56b, entre otros.

[3] Mc. 1:12-13, donde leemos:

Y luego el Espíritu le impulsó al desierto. Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era tentado por Satanás, y estaba con las fieras; y los ángeles le servían.

[4] Mt. 4:1-11 y Lc. 4:1-13, respectivamente.

[5] Lo que evidenciaría, según la exégesis más aceptada desde hace un siglo, que procederían de la tradición contenida en la llamada fuente Q. Cf. Bultmann, R. L’Histoire de la Tradition Synoptique. Paris: Éditions du Seuil, éd. de 1973, pp. 311-315.

[6] Se ha indicado, a veces, el peso psicológico que tiene el Evangelio según San Mateo en muchos creyentes por el simple hecho de ser el primero de los cuatro Evangelios en el orden en que hoy se presentan, además del primer escrito que hallamos en la disposición actual del Nuevo Testamento. Algunos autores, por otro lado, han señalado ciertas características lingüísticas del relato mateano como evidencias de su mayor acercamiento a la fuente original.

[7] Mt. 4:1; Mc. 1:12.

[8] Parte de la teología que se consagra al estudio de la persona del Espíritu Santo y su acción en la Historia de la Salvación. Del gr. pneûma, espíritu, y logos, tratado, discurso.

[9] De ahí que algunos autores hayan catalogado el Evangelio según San Lucas como el Evangelio del Espíritu Santo, designación que en ocasiones se atribuye al libro de Hechos o incluso al conjunto de la obra lucana.

[10] Mt. 3:16; Mc. 1:10.

[11] Jos. 4:6; 1 S. 2:27; 9:6; 1 R. 13:1; 2 R. 4:9; 2 Cr. 25:7.

[12] En el desierto de Judea coloca Mt. 3:1 la predicación de Juan el Bautista, mientras que Lc. 3:3 lo menciona como la región contigua al Jordán.

[13] Era, en la época, el lugar donde residían las comunidades esenias.

[14] Plinio. Historia Natural, V, 17 habla del desierto de Judea como un lugar en que florecían los árboles y había fuentes de aguas.

[15] Cf. el movimiento marcionita del siglo II, que precisamente pretendía reconocer como único Evangelio realmente cristiano el de San Lucas.

[16] Recuérdese que ciertas tradiciones judías hacen de los desiertos la morada de los espíritus malignos. Cf. el ritual del Día de las Expiaciones descrito en Lv. 16 en relación con la figura de Azazel o lo narrado en la literatura apócrifa y pseudoepigráfica.

[17] Mt. 4:2; Mc. 1:13.

[18] En Mt. son la primera y la segunda.

[19] Conjunción griega ei más imperativo.

[20] La traducción si de veras que ofrece la BTI (Biblia Traducción Interconfesional) o su edición especial para el mundo evangélico La Palabra, aunque parece pretender transmitir el mismo matiz, no lo consigue.

[21] Lc. 3:22 y Mt. 3:17, para ser exactos.

[22] Cf. Jn. 6:31:

Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: Pan del cielo les dio a comer.

[23] Israel, según se deduce de los textos sagrados, se contentó con ocupar el territorio que la promesa divina había adjudicado a sus ancestros, los patriarcas. Cf. Jos. 21:43-45.

[24] Egipto, Asiria, Babilonia, Media y Persia.

[25] Macedonia y Roma.

[26] El emperador romano reinante a la sazón, según Lc. 3:1.

[27] La expresión del v. 6 porque a mí me ha sido entregada, implica una forma verbal pasiva en lengua griega (paradédotai), lo que los teólogos y exegetas designan como pasivo divino, es decir, el empleo de formas pasivas con la finalidad de no mencionar de forma explícita al sujeto real de la acción, que siempre es Dios.

[28] Algunos han querido ver en él uno de los salientes que daban al valle de Cedrón, al oriente de la ciudad.

[29] Hag. 2:7.

[30] Recuérdese que los saduceos no creían en la existencia de los ángeles, mientras que los fariseos sí.