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Sin importar la distancia

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En muchas ocasiones Jesús confronta a los religiosos con su propio egoísmo hipócrita.

Del Blog del Rvdmo. Andrés Ayala  -  "Entonces Jesús les dijo esta parábola: «¿Quién de ustedes, si tiene cien ovejas y pierde una de ellas, no deja las otras noventa y nueve en el campo y va en busca de la oveja perdida, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, contento la pone sobre sus hombros, y al llegar a casa junta a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo, porque ya encontré la oveja que se me había perdido.” Les digo que así también hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse" Lucas 15.3-7

En muchas ocasiones Jesús confronta a los religiosos con su propio egoísmo hipócrita. Sin ninguna duda, cualquiera de ellos estaba más que dispuesto a cuidar de sus animales y sus propiedades. Jesús no intenta justificar su compartir con los publicanos y pecadores, sino que inicia confrontando a los acusadores con su íntima dureza. En todas las épocas, en todas las sociedades, en todas las culturas, parece que hay mayor interés en las posesiones (aun por parte de las personas “religiosas”) que en el ser humano.

La pregunta básica no era la que se hacían los escribas y los fariseos mientras refunfuñaban contra Jesús: “¿por qué éste recibe a los pecadores y come con ellos?” Sino ¿hasta dónde se debe ir para hallar al que necesita socorro? Jesús se pone implícitamente en el lugar de ese pastor que va hasta los confines del desierto para buscar y encontrar a su ovejita perdida. No importa la distancia ni las dificultades, el esfuerzo vale la pena.

La imagen del pastor que vigila, protege y alimenta a sus ovejas es una referencia típica en el Antiguo Testamento (cf. Sl 23.1; Is 40.11; Jr 31.10; Ez 34.11-16; etc.) para presentar la relación de Dios con su pueblo. En el Nuevo Testamento, Jesús asume totalmente el oficio y la identidad de pastor del rebaño; él es el buen pastor que da la vida por sus ovejas (Juan 10.14-15).

Hasta el más preocupado de los pastores, al encontrar la oveja, la hubiese enlazado y arrastrado de nuevo a su aprisco. Pero Jesús dice que éste pastor la alza sobre sus hombros. Y regresa, no molesto por el esfuerzo y el agotamiento del camino, sino alegre por haber hallado a la que buscaba. Los religiosos deben haberse sentido muy ofendidos con esa imagen, ellos eran especialistas en poner yugos pesados (cf. Mt 23.4)… ¡y aún lo son!

El amoroso y compasivo pastor vuelve a casa, con su ovejita sobre los hombros. Él ha soportado el calor y la aridez del desierto para rescatar a la que, por sí misma, hubiese perecido. Cualquiera pensaría que merece un descanso, pero ¡no! Él organiza una fiesta para sus familiares y amigos, ¿es que su oveja era tan valiosa? No, el precio de la oveja era aproximadamente el salario de un día de trabajo; además, el pastor de la parábola poseía otras noventa y nueve. Entonces ¿por qué la fiesta?

Jesús responde con un final inesperado: “Les digo que así también hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse” Lucas 15.7

Recapitulemos… La oveja se perdió. El pastor salió a buscarla. Fue él quien la encontró. Él la cargó sobre sus hombros. Pero, en el final de la parábola, Jesús nos sorprende aplicando esta historia a los pecadores que se arrepienten. Definitivamente, hay algo más en esta historia; quien tenga oídos para oír, que oiga. Ser encontrado por Dios, es también encontrarnos con nosotros mismos.