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Editoriales Editoriales

3-Editorial marzo/2016 - ¿Amistad particular o matrimonio?

Ratio:  / 5

La conciencia, felizmente, cada vez más generalizada, de la dignidad de gays, lesbianas, transexuales y bisexuales, y el reconocimiento de sus derechos —entre ellos el derecho al matrimonio civil— no puede dejar de tener efectos en la reflexión teológica y en la práctica de las Iglesias cristianas, especialmente de aquellas herederas del principio protestante del libre examen,  que tienen su arraigo y viven en  sociedades abiertas y democráticas. Es el caso de las Iglesias hermanadas en el seno de la Comunión Anglicana.

La Iglesia Episcopal de los Estados Unidos de Norteamérica viene practicando desde julio de 2012 una forma de acompañamiento y bendición litúrgica que constituye una especie de matrimonio —aunque en ningún momento se utiliza esa expresión, (“matrimonio”) que viene reservada para las uniones entre hombres y mujeres. La expresión litúrgica es “lifelong covenant”, algo así como “compromiso para toda la vida”.

 El jueves 14 de enero 2016 se aprobó,  por una mayoría de dos tercios de los Primados anglicanos reunidos (arzobispos y moderadores) que la Iglesia Episcopal de EEUU fuese suspendida por un período de tres años de su participación plena en la Comunión Anglicana, manteniéndose como observadora, es decir con voz, pero sin voto.

 

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2-Editorial febrero/2016 - La analfabeta que vive extasiada de Dios

Ratio:  / 2

Por www.rodri-world   Si, ella vive en la localidad bonaerense de Lobos y cada vez que la visito me atiende como si fuera un príncipe, se encarga de preparar el almuerzo que a mí me gusta y mi postre favorito, mejor no me puede hacer sentir. Ella es una maravilla en la cocina, todo lo que hace es mágico, indescriptible.

Pero mi tía es analfabeta, varias veces le regalé unos libros para que lea en sus tardes de soledad, pero me dice que no puede porque nunca fue a la escuela y no aprendió a leer ni a escribir, lo poco que sabe es por las amigas del club, donde se junta los días sábados a jugar a las cartas y tomar algunos vinos, ya te imaginas como es la vida de las solteronas.

Ella no conoce el lenguaje evangélico, nunca leyó la parábola del buen samaritano y nunca leyó Juan 3:16, además, nunca ha pisado una iglesia, tampoco tiene cable para mirar canales cristianos. Poca influencia evangélica ha tenido, para no decir ninguna, pero lo que sí sabe bien es jugar al póker con las amigas, eso le fascina, como a nadie.  

En el barrio la llaman, la solterona Calcuta, se mete en toda obra de caridad que puede, si es con los chicos del comedor para cocinar o si es con la municipalidad para dar talleres de panadería y masas secas, siempre está involucrada en alguna actividad de ayuda social o jugando al póker, no se queda quieta.

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1-Editorial enero/2016 - Hagamos reír a Dios, o una mirada esperanzada hacia 2016

Ratio:  / 2

Por GABRIEL JARABA  -  Hay un dicho que, con una alta carga de ironía, reza: “Si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”. El refranero tradicional español dice lo mismo con otras palabras: “El hombre propone y Dios dispone”. Yo suelo tomarme muy en serio este tipo de aseveraciones surgidas de la mente colectiva popular y me fijo en la expresión textual de las mismas, además de su sentido final. Por ejemplo, en el caso del primer dicho: “Si quieres hacer reír a Dios…”. Hombre, pues no está nada mal eso de hacer reír a Dios. Si me gusta la idea de un Dios que ríe, imagínense que ello pueda suceder como resultado de una acción humana. Quizás no exista situación más excelsa posible en esta Tierra: Dios y sus criaturas riendo juntos y haciéndose reír mutuamente.

En el caso de la segunda frase, habitualmente se fija uno en “Y Dios dispone”, gran verdad, pero no es menos interesante la primera parte, “El hombre propone”. Necesario es que Dios todopoderoso disponga, pero no es menos conveniente que el ser humano tenga la opción de proponer. Puesto que Dios, además de poderoso es justo, inevitablemente debe de atender las más o menos acertadas proposiciones humanas. Uno gusta de imaginar que Dios, además de ser todopoderoso, omnisciente e infinitamente compasivo, es educado. Un Dios que es justo debe de ser necesariamente considerado. Quizás si nos fijásemos en ciertas virtudes menores de naturaleza cívica no nos adentraríamos en los berenjenales fundamentalistas a los que conduce la grandilocuencia tremendista. De modo que pensar en un Dios alegre y considerado respecto a sus criaturas –cómodamente establecido en sus pantuflas de andar por casa, como lo dibujaba José Luis Martín en la revista humorística El Jueves—podría ser una forma privada, prudente y sensata de adoración.

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Editorial Diciembre/2015 - Un pollino, una ciudad, un rey

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Juan María Tellería Larrañaga  -  Cada vez que nos adentramos en el tiempo litúrgico del Adviento, se prodigan en las publicaciones religiosas los artículos y mensajes que tratan sobre la importancia de la preparación para la venida del Mesías, que solemos celebrar en el período navideño, así como el significado de la presencia de Cristo entre los hombres. Es lo propio. Con esta nuestra reflexión de hoy nos proponemos, en ese mismo espíritu, aportar unos detalles que hemos leído en un pasaje muy destacado del Evangelio según San Mateo: el capítulo 21, versículos 1-17, que, dada su extensión, no citaremos al completo, sino únicamente aquellas partes en las que iremos centrando nuestra atención.

Aunque estos versículos se suelen distribuir en dos historias o episodios muy concretos de la vida de Nuestro Señor (la entrada triunfal en Jerusalén, vv. 1-9, y la purificación del templo, vv. 10-17[1]), lo cierto es que, en la esmerada y solemne composición del Evangelio según San Mateo, ambos forman un todo, una narración completa bien destacada cuya acción transcurre toda ella en el mismo día y, como se ha señalado en ocasiones, conforma dos “parábolas dramatizadas” o “gestos simbólicos” de Jesús en los que vamos a destacar solamente tres puntos clave que les dan todo su significado, todo su peculiar colorido en el conjunto de la obra mateana y de los otros tres Evangelios.

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Editorial noviembre/2015 - El olor importa

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Javier Ballaz Etxegoien   -  Hay tiempos en la vida cristiana –al menos, en la de muchos cristianos- en los que vivimos de lo que podríamos denominar las “rentas espirituales”. Un día tuvimos un encuentro personal con Jesús, nos comprometimos con la iglesia, pasamos por momentos mejores y peores…, pero mantuvimos el tipo, sin desviarnos demasiado del norte.

Sin embargo, la fugacidad de los días buenos, el silencio de Dios en los malos momentos, y la monótona “normalidad” del camino, fueron apagando ese fuego que un día ardió en nuestro corazón. Las “buenas nuevas”, a las que nos agarramos como naufrago al cabo lanzado en su rescate, fueron tornándose en “viejas” y asistimos, en silencio, al derrumbe del castillo de naipes que –probablemente con ingenuidad inducida- habíamos construido.

No que dejemos de ser creyentes; incluso nos consuela un poquito el saber que seremos salvos, aun con un “cinco pelado”, que ya es un descanso. Pero, de alguna forma, perdimos la energía que nos impulsaba. Como si dijésemos, permanecemos a flote, pero sin avanzar. Dejándonos llevar, más bien, por las brisas circundantes, sin rumbo, y con tan sólo un pequeño atisbo de esperanza de llegar algún día a algún lugar.

Se trata de algo así como lo que ocurre con las flores, con algunas flores. Las rosas de mi vecino, sin ir más lejos. Las rosas de mi vecino son realmente rosas, pinchan como rosas, pero no huelen a rosa. En realidad no huele a nada. Una rosa que no huele ha perdido la esencia de ser rosa, su leitmotiv; y defrauda a todo aquel que se acerca, tratando de descubrir y disfrutar de su aroma.

Algo así es lo que puede suceder –y de hecho, creo que, en ocasiones, sucede- en la vida cristiana. La apariencia externa está ahí: nos llamamos cristianos, hablamos y nos comportamos –al menos, en la mayor parte de las ocasiones y lugares- como tales. Dedicamos tiempo –a veces mucho tiempo- a la iglesia. Pero falta la esencia, el aroma. A veces, nos percibimos vacíos, con poquito que dar. A veces, incluso, contradictorios, al parapetarnos tras las espinas, por aquello del “yo con estos pelos y la casa sin barrer”

Sin embargo, el olor –la esencia, lo interno, el ser- importa. Importa en las flores e importa en el creyente. Ya lo diría el apóstol en su segunda carta a los corintios: “Pero gracias a Dios, que en Cristo siempre nos lleva en triunfo, y que por medio de nosotros manifiesta en todo lugar la fragancia de su conocimiento. Porque fragante aroma de Cristo somos para Dios entre los que se salvan y entre los que se pierden; para unos, olor de muerte para muerte, y para otros, olor de vida para vida. Y para estas cosas ¿quién está capacitado?” (2Co.2:14-16 BLA) Estas bellas palabras de Pablo suscitan dos cuestiones clave que pueden enriquecer nuestra argumentación:

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Editorial octubre/2015 - …y lo amarás como a ti mismo

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Juan María Tellería Larrañaga  -  Llevamos ya unas cuantas semanas leyendo con atención el Levítico, uno de los libros más ingratos del Antiguo Testamento. Decimos “ingratos” en el sentido de que se trata de un escrito particularmente indigesto para quienes geográfica, lingüística, cultural e incluso religiosamente nos hallamos en las antípodas del mundo que describe. Honestamente hablando, no resulta siempre fácil de comprender[1], de manera que más de uno de nuestros contemporáneos tiende a “tirar la toalla” al comenzar su lectura. Pero, a pesar de lo dicho, y gracias a Dios, se encuentran en sus capítulos textos selectos, especialmente señalados, que cualquier cristiano occidental de nuestros días puede, no sólo comprender, sino incluso hacer suyos, pues de forma completamente sorprendente parecen trascender la época en que vieron la luz y catapultarse a la atmósfera del Nuevo Testamento[2]. Uno de ellos es aquél del cual hemos extraído las palabras del título de nuestra reflexión, el capítulo 19, versículos 33 y 34, donde leemos así:

Cuando el extranjero morare con vosotros en vuestra tierra, no le oprimiréis. Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto. Yo Jehová vuestro Dios.

Levítico 19 es uno de los capítulos de ese particular documento constitutivo del libro, al que los especialistas designan con el altisonante nombre de Heiligkeitsgesetz, es decir, Ley de Santidad (Levítico 17-26)[3], y cuya finalidad es, según explican, hacer de Israel un pueblo santo, esto es, apartado, porque Dios es santo.

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Editorial septiembre/2015 - Un llamamiento creyente a la cordura

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Comunidad Cristiana de la Esperanza. IERE  -  Una pregunta que muchos se hicieron y se han hecho a lo largo de los años posteriores a la II Guerra, y que sin duda supuso el comienzo de una importante inflexión en el pensamiento teológico y filosófico, fue ¿cómo creer en Dios después de Auschwitz?. Aquella atrocidad no solo puso en entredicho una determinada concepción de la fe judeo-cristiana y su correspondiente imagen y concepción de Dios, sino que también lo hizo con las modernas concepciones filosóficas e imágenes del propio ser humano. Serían muchas las preguntas que aquella barbaridad iba a ocasionar. Por un lado, ¿Era realmente ese Dios proclamado por judíos y cristianos, el Dios todopoderoso, creador de todo cuanto existe y dueño del destino del hombre y de la historia? ¿En realidad todo cuanto ha sucedido, sucede y sucederá, está en sus manos? ¿Es ese Dios el que se encarnó en Jesús, revelándose como un Padre misericordioso y amoroso, dispuesto siempre a perdonar? ¿Era Dios realmente ese Padre que tanto amo al mundo que dio a su único Hijo para que el mundo fuera salvado de la eterna condenación? ¿Era ese Dios el que había venido a salvar a los pobres y revelarse contra la injusticia?. ¿Fue, quizás, Hitler, un instrumento en manos de Dios? ¿Por qué y para qué? ¿Tanta maldad había en la Europa de entonces como para merecer tan cruel exterminio?. Por otro, ¿Era el antropocentrismo moderno la solución a los problemas de la historia humana? ¿Era mejor dejarlo todo en manos del hombre, entendido como el auténtico dios, dueño y señor de su propio destino y de su razón instrumental ? ¿Era el progreso científico y político la solución para la construcción de un mundo nuevo, lleno de bondades y carente de injusticias?.

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